miércoles, 28 de mayo de 2014

Colombia y la Paz



La extraña defensa de la vida

 


Eduardo de la Serna



Creo conocer más o menos bien la realidad Colombiana. Desde 1973 he estado y vivido con frecuencia en ese maravilloso país con gente más maravillosa aún. Allí tengo amigas, amigos y casi hermanos. Y por tanto, me alegro con sus alegrías y me duelen sus dolores. Como propios. 


El domingo pasado hubo allí elecciones presidenciales que deberán dirimirse en una segunda vuelta entre Óscar Iván Zuluaga y Juan Manuel Santos, el actual presidente. El actual mandatario viene de la derecha colombiana, proveniente de una familia empresaria (dueños del casi único Medio de Comunicación nacional de todo Colombia, el diario El Tiempo, hoy vendido), preparado desde siempre para ser presidente, pariente de un ex mandatario (presidente entre 1938 y 1942, su tio-abuelo), ministro de Hacienda del presidente que dio comienzo al neoliberalismo (Andrés Pastrana) del que Colombia no ha salido, y ministro de Defensa del gobierno más guerrerista del presente (Álvaro Urive). Ahora es presidente, pero –precisamente por estar preparado para serlo- ha tenido actitudes dialoguistas, ha tenido lo que se llama “cintura política”, y entonces ha tenido diálogo con sus vecinos, ha participado en reuniones de los países latinoamericanos, con propuestas sensatas, y -¡sobre todo!- ha comenzado un diálogo de paz con la guerrilla de las FARC que da esperanzas serias y sensatas a que se ponga fin a un estado de guerra interna que lleva ya 50 años. Zuluaga, en cambio, es más de derecha aún. Fue ministro de Hacienda del gobierno de Uribe y luego Senador de la República. Representa al “uribismo” más rancio, y como tal se lo ha visto participando activamente (junto con su jefe) tratando de boicotear (con escuchas ilegales de por medio, algo a lo que su “patrón” nos había habituado; en Colombia se los llama “chuzadas”) e intentando frenar los “Diálogos de Paz”. 


Propiamente no parece que lo que esté en juego sea la economía, ya que ambos candidatos son defensores de una economía de Mercado; la educación, la salud, la justicia, por ejemplo, no parecen haber variado entre el gobierno de Uribe y el de “Juanma” Santos: en ambos casos funcionan para los ricos y desprotegen a los pobres. Los ojos cerrados ante el paramilitarismo y sus negocios ilegales (narcotráfico, minería, ocupación de tierras y desplazamientos…) no parecen haber cambiado, los “falsos positivos” (aparición de muertos que son presentados como guerrilleros para cobrar recompensa pero en realidad son jóvenes pobres secuestrados y matados) siguen existiendo, y se podría seguir… Muchas cosas no han cambiado. Las únicas diferencias aparentes son fundamentalmente dos: las relaciones con los vecinos (especialmente con Venezuela) y los “Diálogos de Paz”. Estos diálogos se conformaron de manera que representantes del Gobierno y de las FARC se encontraran para hallar acuerdos sobre cinco puntos. El criterio es que una vez que se acuerda sobre uno, se pasa al siguiente, y si se acuerda sobre los cinco temas consensuados, se pasa a la firma total y se rubrica finalmente la paz. Los más complicados de estos acuerdos ya han sido firmados (tierras, narcotráfico y reinserción política), parece faltar bastante poco, pero… Pero Uribe y Zuluaga siguen intentando boicotear la paz. Ellos ganan con la guerra. Y otros también ganan con la guerra.


En las elecciones del domingo pasado, en general ganó la guerra. En las ciudades (Bogotá, Medellín, Cali, Barranquilla…) ganó la guerra, mientras en las zonas campesinas, ganó la paz. Suele pasar que en muchos lugares las ciudades (las clases medias) son indiferentes a los problemas de sus hermanos, “a mí no me pasó”. Curioso sentido de “Patria”. Claro que además, en Colombia el voto es optativo y la abstención fue del 60%. Pareciera que muchos en Colombia quieren estado de inseguridad y conflicto permanente, con Venezuela, con las FARC. Hasta aquí los datos; pero, y acá mi pregunta fundamental (para mí, desde mi mirada): ¿y la Iglesia?


Colombia es un país católico (o eso dice). Es de suponer que la evangelización ha calado hondo en la cultura, en la vida cotidiana de los colombianos. Es de suponer, pero… ¿Cómo es posible que la mayoría (la primera minoría, para ser precisos) haya optado por la guerra contra la paz? ¿No se escuchan voces claras y firmes de la Iglesia denunciando sin duda alguna y con firmeza la defensa de la vida? No, no se escuchan (salvando algunas voces aisladas, debemos decirlo) porque ¡Zuluaga habló contra el aborto! Y allí salió la mediocridad de aquellas y aquellos (muchos con religiosos hábitos bien planchados y limpios) a manifestar en favor del candidato. Parece que para algunos pro-vida la guerra, el conflicto, la muerte no atenta contra la vida. Curioso.


Esto me hace recordar a la cerrada defensa de muchos eclesiásticos al gobierno de Carlos Menem precisamente por su oposición al aborto, mientras se gestaban políticas económicas de muerte de cientos de miles de argentinos. O también la actitud frente a la Dictadura cívico-militar. Es curioso que cuando se habla de “vida” se selecciona, discrimina y elige la defensa de “una” vida, mientras se desentiende, o hasta se es cómplice de las muertes de miles y miles. Parece que ciertas vidas no cuentan (en especial si se trata de la vida de los pobres, o de los que “no son como yo”). La Iglesia colombiana (como la argentina, debemos reconocerlo) no se ha caracterizado por la abundancia de voces proféticas, y las pocas han quedado aisladas, ninguneadas, calladas o censuradas (cuando no asesinadas, por cierto). Pero ¿no debería esto gritar a las voces eclesiásticas de curas, religiosos, religiosas ya que no a los obispos (que incluso permitían que Uribe se hiciera presente en las reuniones de la Conferencia Episcopal Colombiana) a gritar con fuerzas, a denunciar claramente que la guerra es muerte, que los cristianos y cristianas de Colombia tienen una obligación indubitable con la paz? Si la Iglesia Colombiana, sus voces oficiales o grupos alternativos no levantan sus voces quizás se pierda una importante y posible oportunidad para la paz, quizás sean responsables claros de la continuidad de la guerra. Como cristiano quisiera decir que esos tales al recibir a Jesús Eucaristía –al desentenderse o no reconocer como hermanos y hermanas a los asesinados por la violencia interminable (también por culpa de ellos, acoto) “comen y beben su propio castigo” (citando a san Pablo). Si no se escuchan voces claras de la Iglesia colombiana a favor de los Diálogos de Paz, en lo personal, no creeré ni una palabra cuando luego me hablen de Jesucristo. No puedo entenderlo de otra manera, mi amor por Colombia no me lo permite.



Foto tomada de www.todanoticia.com


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