miércoles, 10 de septiembre de 2014

La docencia



La docencia

Eduardo de la Serna




El 11 de septiembre se conmemora en Argentina el «día del Maestro». El motivo es la muerte de “Domingo” Faustino Sarmiento (que no se llamaba Domingo, pero es otro tema). Como todas las personas, fue conflictivo, y lleno de cosas positivas y un montón de cosas muy negativas (en especial el desprecio a los gauchos y de los indígenas: es famosa su carta a Mitre luego de la batalla de Pavón de que “no ahorre sangre de gauchos ya que es lo único que tienen de humanos”. El modelo de país – bastante semejante a los EEUU – no era “modelo inglés”, pero tampoco un “modelo argentino”). Pero lo cierto es que trabajó mucho por la educación universal, libre, laica y gratuita para todos… De allí lo de “padre del aula”. Y acá me detengo.

Y siendo que ya estoy cerca de jubilarme (pensionarme, dicen en otras regiones) como docente, se me ocurrió pensar algunas cosas en “voz alta”.

En lo personal, siendo profesor de Biblia desde hace más de 30 años, me han tocado vivir las situaciones más variadas.

Muchos de mis grandes amigos de hoy, fueron alumnos míos ayer, lo cual es curioso. O quizás hable más bien de ellos que de mí. Porque es evidente que uno no es docente “para tener amigos”, o para ser amigo de los alumnos. En general he sido bastante bien evaluado por los alumnos, lo cual también es satisfactorio. Reconozco que siempre he procurado estar actualizado,  prepararme bien. Creo que nunca fui a una clase a “guitarrear” (= sin preparar), y he procurado dar de la manera más comprensible posible el mejor material posible. 

Reconozco también que nunca tuve que “motivar” a los alumnos con la materia, lo cual es obvio en el ambiente donde doy clases: gente que estudia teología, evidentemente está abierta a los estudios bíblicos.

Pero también es cierto que a lo largo de mis más de 30 años he tenido ambientes muy distintos en el alumnado. Hay (o he tenido) alumnos a los que no parecía que nada los moviera o conmoviera; alumnos llenos de inquietudes; alumnos que parecían indiferentes y resultaron brillantes; alumnos que parecían interesados y resultaron intrascendentes; alumnos que dieron todo lo que podían (fuera esto mucho o poco, ¡qué importa!); alumnos que cuestionaban todo; alumnos que no cuestionaban nada…
Mirado desde mí, y recurriendo a una metáfora, he procurado preparar el mejor plato para cada grupo: que fuera vistoso, nutritivo, suficiente. Obvio que no preparaba el mismo plato para alumnos universitarios que para ambientes que recién empezaban – o que retomaban el estudio después de mucho tiempo – y realmente me he sentido conforme con mi rendimiento. Es cierto que – es mi sensación – a veces había quienes se veía que disfrutaban y degustaban el plato, y hubo otros que parecía que comían sólo por comer, y hasta quienes – parecía, al menos, y creo que eran los menos – tiraban el plato al bote de la basura. Pero debo decir que, aunque en esos casos me causara dolor, especialmente porque creo que el plato era bueno, y que “el pan no se tira”, no era mi responsabilidad que lo hicieran. Un caso especial – debo decirlo – es con los alumnos que luego fueron curas, donde no son muchos en los que se perciba que han aprendido, o recibido los elementos para luego aprovecharlos.
Una pregunta que siempre me dio vueltas era qué diferencia había en que las clases las diera un cura o las diera un laico. Porque, en mi caso, creo que darlas era parte de mi ministerio de cura. Me he sentido más cura de “aula” que de “altar”. Y siguiendo con la metáfora alimentaria, creo haber dado “buenos pastos”, que es lo que se espera de un “pastor”. 

Y si hoy quiero jubilarme, no es para dejar de dar alimento, porque no me jubilo de cura. No quiero dar clases “porque sí”, quiero aprovechar para leer más, escribir, dar algunas clases, o charlas, o lo que fuere y no dar donde no me siento a gusto, o no veo interés, simplemente. Se trata de lo burocrático, de lo “oficial”… lo otro creo que se irá conmigo. Amo la Biblia, y – usando palabras teresianas – quiero “hacerla amar”. Es por esto que, creo que – fuera de mi poca amistad por Sarmiento – celebraré el día del Maestro (y también recordaré a mis hermanos y amigos chilenos por un nuevo aniversario del comienzo del genocidio de Pinochet, porque no lo olvido). 


Foto tomada de es.dreamstime.com

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