martes, 8 de abril de 2014

Comentario Ramos A



Bendito el que viene en el nombre del Señor
DOMINGO DE RAMOS - "A"
13 de abril


Eduardo de la Serna



Como se dijo al referirnos a la celebración de los Ramos del ciclo “C”, las lecturas en esta celebración hablan por sí mismas. La homilía o los comentarios no suelen ser extensas, cuando los hay. Las dos lecturas previas al Evangelio de la misa son las mismas cada año, mientras cambia el Evangelio (este año se lee san Mateo). Por tal motivo, con respecto a los Evangelios diremos algo breve tomando lo propio de Mateo en cada uno, y sobre las otras lecturas añadiremos brevemente algo a lo dicho el ciclo anterior.


+ Evangelio según san Mateo     21, 1-11

Resumen: Señalando –como es frecuente en él- el cumplimiento de las Escrituras, Mateo presenta a Jesús realizando antiguas expectativas de Jesús como “rey”, “hijo de David”, “humilde”, que entra en Jerusalén para traer la salvación.



La llegada de Jesús a Jerusalén tiene, en Mateo, algunas características propias muy interesantes. Mateo sigue bastante fielmente a Marcos en esta escena, aunque agrega o quita algunos elementos.

El envío de dos discípulos a buscar un “asna” (hembra) con su cría, contrasta con Marcos (y con él Lucas, y también Juan) que refieren a un asno macho (cf. Mc 10,2; Lc 19,31; Jn 12,14). Esto provoca en el texto una mayor semejanza con el texto de Zacarías 9,9 al que expresamente aludirá a continuación.


La “hija de Sión” es una formulación con semejanza a “hijo de(l) hombre”. Obviamente el hijo de un hombre será un hombre; es una manera semítica de decir “ser humano”. La “hija de Sión” (construcción habitual en la Biblia hebrea, x34 de las que salvo 2 todas ocurren en la literatura profética y de lamentación) es Jerusalén, sus habitantes, su pueblo. Sin embargo, el texto de Zacarías al que Mateo alude no es exacto, ya que añade (modificando la primera parte) una cita de Isaías dando nuevo sentido al texto. Veamos:


Is 62,11
Zac 9,9
Mt 21,5
Miren que Yahvé hace oír hasta los confines de la tierra: «Digan a la hija de Sión:
Mira que viene tu salvación; mira, su salario le acompaña, y su paga le precede.

¡Exulta sin freno, hija de Sión, grita de alegría, hija de Jerusalén!
He aquí que viene a ti tu rey: justo él y victorioso,
humilde y montado en un asno, en un pollino, cría de asna.


Digan a la hija de Sión:



He aquí que tu Rey viene a ti,


humilde y montado en un asna y un pollino, hijo de jumento.


Como se ve, la referencia a la “hija de Sión” el texto se asemeja a Isaías, con lo que a quien se debe “mirar” es a aquel que trae la salvación. Luego, recurriendo a Zacarías, alude a la montura. Como puede verse en este último, el texto está construido en claro paralelismo: 


A.    ¡Exulta sin freno, hija de Sión,

A.    grita de alegría, hija de Jerusalén!

He aquí que viene a ti tu rey: justo él y victorioso, humilde y

B.    montado en un asno,

B.    en un pollino, cría de asna,


Es este paralelismo final que Mateo pareciera tomar para hacer referencia a que Jesús entra en Jerusalén montado en “¡ambos!” animales. Es sabido que Mateo suele duplicar personajes: los endemoniados son dos, los ciegos son dos (mientras que en su fuente, Marcos, se trata de solo uno)… Quizás porque un mínimo de dos son necesarios para ser testigos de un acontecimiento. En este caso, entonces, los dos asnos serían involuntarios testigos del cumplimiento de las Escrituras, algo que –como se sabe- es particularmente frecuente e importante en Mateo. 


Como ocurre con la llegada de Jehú (2 Re 9,13) la gente extiende sus mantos en el suelo mientras exclaman: Hossaná (ver Sal 118,25-26: “por favor, ¡salva!”, dirigido a Yahvé; oración que se pronuncia “desde la casa de Yahvé”, [que es a donde Jesús se está dirigiendo, v.12], algo que ocurre en una “procesión”, con “ramos en (la) mano”, v.27). Jesús, además es llamado “hijo de David” (v.9) con lo que las escrituras se siguen cumpliendo. 


Los habitantes de Jerusalén, ante esta entrada se preguntan formulando el interrogante fundamental de la cristología del Nuevo Testamento: “¿quién es este?”; esto lo hacen con gran conmoción (como la que habrá en toda la tierra cuando Jesús muere, 27,51: “tembló la tierra”; y los guardias “tiemblan” ante el ángel del Señor en la resurrección, 28,4). Las multitudes (ojloi), en cambio lo reconocen como “profeta”. Jesús ya había insinuado que lo es (13,57; cf. 23,37), y ya sabíamos que las multitudes (ojloi) lo tenían como tal (14,5; 21,46). Sin embargo, aunque cierta, la confesión de fe de Jesús como profeta es limitada (en Mateo, en Lucas es tema principal) como se ve en 16,14-16; las escrituras que se están cumpliendo lo revelan como el “salvador”. Al hacer expresa referencia a Zacarías, Jesús –que es visto como rey (2,2; 27,11.37.42; cf. 25,34.40)- se aclara de qué realeza se habla, se trata de un rey “humilde” (praûs, cf. 5,5; 11,29).


Lectura del libro del profeta Isaías     50, 4-7



El tercero de los llamados Cantos del Siervo de Yahvé (aunque la palabra “Siervo” aquí no es usada, por lo cual algunos no lo cuentan entre estos cánticos) ubica al poeta como un sabio (“lengua de discípulo”, v.4, “oído abierto”, v.5), como alguien que debe educar al que “anda en tinieblas” (v.10) y comunicar al cansado una palabra de aliento (v.4). Las agresiones e insultos de “otros” (vv.6-7) no le impiden anunciar aquello que debe comunicar como sabio. 


El texto está armado en cuatro estrofas comenzadas por “el Señor Yahvé” (vv.4.5.7.9). Yahvé es el maestro que genera un discípulo ejemplar, maestro a su vez. Y como Yahvé (40,28-31) debe confortar a los fatigados. La primera estrofa está centrada en el tema del discípulo (enmarcada por los términos lengua  / palabra, oído /escuchar y la repetición de “despertar” (“palabra despierta”, “despierta el oído”, v.4). Retomando la idea, la segunda estrofa da un paso más: los sufrimientos. Esto fue tomado particularmente por Mateo (26,67 y 27,30, las escupidas a Jesús). Vv. 7 y 9 comienzan con “el Señor Yahvé me ayuda” (cf. 41,8-13) lo que contrasta con los verbos “ser confundido” y “quedar avergonzado” (cf. 41,11; 45,16.17; 50,7; 54,4). El lenguaje, a partir del v.8 es judicial, pero aquí finaliza el texto litúrgico.



Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Filipos     2, 6-11


El himno, probablemente conocido por Pablo tiene un doble movimiento de descenso y ascenso (como se ve en el esquema). La idea principal para los lectores es “tener los sentimientos de Cristo”, por tanto repetir la escena de “descenso”. Dios, el sujeto del momento de “exaltación” también dará a los suyos. 


Para la liturgia del día, el acento está puesto en la frase “y muerte de cruz” que los autores que consideran el texto un himno prepaulino afirman que se trata de un añadido de mano del mismo Pablo. La obediencia y la humildad (la clave del obrar de Cristo que la comunidad debe repetir) llegan hasta el extremo de la cruz.




Pasión según san Mateo     26, 3-5. 14-27, 66


El relato de la Pasión tiene algunos elementos propios de Mateo que destacaremos brevemente:


Un elemento interesante es la presentación de la figura de Judas: éste lo entrega por dinero (26,15; a diferencia de Marcos donde lo entrega sin motivo, 14,10-11) y se suicida (ahorcándose, como lo hace en 2 Sam 17,23 Ajitófel que había traicionado a David); incluso es el único que a Jesús lo llama “rabí” (26,25.49) a pesar que Jesús había dicho a que “a nadie llamen rabí” (23,8), Jesús le dice “compañero” (v.50; hetaîros en realidad se dirige a alguien con quien se tiene una relación –no necesariamente de amistad, puede ser ocasional-, cf. 20,13; 22,12 [las restantes veces que se encuentra el término en el NT]).


El relato de la Eucaristía (= Mc) “sangre de la alianza”, (remite a Ex 24,8 a diferencia de Lucas y Pablo donde se remite a Jer 31,31: “nueva alianza”); probablemente estos remitan a una tradición antioquena, mientras Mateo a una tradición palestinense.


Jesús no envía 12 legiones de ángeles para que se cumplan las escrituras (v.54); cf. 56 (“escrituras de los profetas”).


Jesús en el templo estaba “sentado” (kathézomai, v.55); el gesto puede ser la actitud del maestro (cf. Lc 2,46; cf. Mt 23,2) pero también la del juez (Mt 19,28; 25,31, pero aquí usa kathizô). El responsable del interrogatorio es “Caifás” (vv.3.57; sólo Mateo y Juan lo mencionan en las escenas de la Pasión).


Mt omite que los 2 testigos no coincidían (Mc 14,59), ante el dicho de la destrucción del Templo le preguntan. Mt refuerza que Caifás dice que Jesús “blasfema” (x2, v.65). 


Las burlas a Jesús condenado –como también es propio en los relatos de la Pasión en los restantes Evangelios- se asemejan a la actitud de los “enemigos” de los salmistas en los cantos del “justo que sufre” o del Siervo Sufriente de Isaías (primera lectura); ver también “dieron de beber… hiel” (27,34; Sal 69,22); “tuercen los labios, moviendo la cabeza” (27,39; Sal 22,8), “confió en Dios… que lo salve” (27,43; Sal 22,9; Sab 2,13.18). De hecho, el texto del Salmo 22 (“Dios mío, por qué me has abandonado” es más explícitamente citado ya que se lo presenta en hebreo (Marcos lo había puesto en arameo): “Elí, elí, ¿lemá sabactaní?” (27,46).


A Pedro son 3 diferentes personas las que lo interrogan. Mt especifica el modo galileo de hablar (v.73; Marcos 14,66-71 presenta dos personas interrogándolo: la criada es la que lo menciona como discípulo la primera y segunda vez; y en la tercera los presentes dicen “eres galileo”, Mateo precisa que lo saben por su “modo de hablar”). 


Barrabás es llamado “Jesús Barrabás” reforzando el contraste (v.16.17) como se ve en la pregunta de Pilato. Sin duda así planteado, el texto pone en más duro contraste la actitud de los espectadores ante dos “Jesús” diferentes. 


La mujer de Pilato “sueña” (v.19; el término “sueño” –ónar- es exclusivo de Mateo en la Biblia: 1,20; 2,12.13.19.22 e indica la comunicación de un mensaje de parte de Dios), y afirma que Jesús es “justo”. El término es habitual en Mateo (x17), José es “justo” (1,19), el término es paralelo a “buenos”, y opuesto a “pecadores” (5,45; 9,13; 13,49; 23,28; 25,37.46) e incluso a veces es paralelo a “profeta” (10,41; 13,17; 23,29). Claramente es sinónimo de “inocente” (23,35).


Las autoridades judías “persuaden” (peíthô es persuadir, convencer, llevar a confiar o creer) a la gente (ojlos, v.20) para que pida por Barrabás. La “gente” (multitud, muchedumbre) en general tiene una actitud positiva ante Jesús (al que tienen por profeta, como se dijo en el comentario más arriba). De allí que necesiten ser convencidos.


Lo probablemente más importante dentro de lo propio de Mateo es el hecho de que aquí Pilato se lava las manos (vv.24-25) y “el pueblo” (laos) acepta la inocencia de Pilato aceptando la sangre “sobre” ellos. El lavado de manos –a diferencia de lo que suele destacarse- no es un desentenderse. La sangre derramada violentamente “cae” sobre el responsable. Y Pilato quiere dejar claro que él no es responsable, sino que lo es el “pueblo”, cosa que este acepta.


Nota sobre Pilato, la sangre y el pueblo. No hay texto que sea más evidente de la teología de todo el Evangelio de Mateo que este. En tiempos del Evangelista, dos grupos se disputaban ser los “herederos” del Israel bíblico: los fariseos y los cristianos. Mateo –que se dirige a una comunidad donde hay una comunidad judía muy importante y los cristianos son evidente minoría (= “pequeños”) destaca por doquier que las Escrituras se han cumplido, que Jesús realiza en sí mismo lo esperado de grandes personajes bíblicos (Moisés, David…). Aquí encontramos al mismo “pueblo” (ciertamente “instigado” por las autoridades) haciéndose cargo de esta muerte. Haciendo suyas las palabras de Isaías sabe que a este “pueblo” se le ha embotado el entendimiento (13,15), conducidos por los “fariseos” (recordar lo dicho sobre los fariseos de tiempos de Mateo) “este pueblo me honra con los labios pero su corazón está lejos de mí” (15,8); eso “se les quitará el reino de Dios para dárselo a una nación (ethnê; usado generalmente para referirse a los no judíos) que rinda sus frutos” (21,43). La teología principal de Mateo radica en presentar a la Iglesia como el “nuevo Israel” (o el verdadero, a diferencia de la propuesta del fariseísmo rabínico de su tiempo). Eso es lo que quiere señalar este texto. Lamentablemente este párrafo, descontextualizado, fue usado para alentar un antijudaísmo que llevó a los cristianos a las más graves perversiones contra “nuestros hermanos mayores”, los judíos. Nada de eso (como la acusación de “deicidio”, asesinos de Dios) se justifica en este texto.


Ante la muerte de Jesús, Mateo aclara que la tierra tembló, etc... (vv.51-52) “al ver esto” (v.54) el centurión y los que estaban con él lo reconocen como “era el Hijo de Dios” (v.54). Lo que Marcos había presentado como una invitación a creer sin signo alguno, Mateo lo modifica en un “cumplimiento de las escrituras”.


  • «¿No se estremecerá por ello la tierra, y hará duelo todo el que en ella habita, subirá toda entera como el Nilo, se encrespará y bajará como el Nilo de Egipto? Sucederá aquel día– oráculo del Señor Yahveh– que yo haré ponerse el sol a mediodía, y en plena luz del día cubriré la tierra de tinieblas». (Am 8,8-9)
  • «Cuando las estrellas del cielo y la constelación de Orión no alumbren ya, esté oscurecido el sol en su salida y no brille la luz de la luna, pasaré revista al orbe por su malicia y a los malvados por su culpa. Haré cesar la arrogancia de los insolentes, y la soberbia de los desmandados humillaré. Haré que el hombre sea más escaso que el oro fino, y la humanidad más que metal de Ofir. Por eso haré temblar los cielos, y se removerá la tierra de su sitio, en el arrebato de Yahvé Sebaot, en el día de su ira hirviente». (Is 13,10-13)
  • «Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra se despertarán, unos para la vida eterna, otros para el oprobio, para el horror eterno». (Dn 12,2)



Muchas de las cosas que se aguardaban para “el fin del mundo”, para “el día de Yahvé” ocurren con la muerte (y resurrección, v.53) de Jesús. Ya no se trata de un creer sin signos (Marcos) sino del cumplimiento de las Escrituras (lo que –como se ha dicho- es característico de Mateo).


Mateo destaca algunos elementos más que no señalaremos: es recurrente la presencia de la madre de los de Zebedeo (v.56), se destaca que José de Arimatea es discípulo (v.57) y que el sepulcro donde Jesús es puesto es “nuevo” (v.60). Sólo una anotación conclusiva –propia de Mateo- como es de esperar en este evangelio: los guardias en el sepulcro (vv.62-66). Seguramente algunos “judíos” de tiempos de Mateo insistirían, ante el anuncio de la resurrección por parte de los discípulos, en que si el cuerpo no se encontraba en el “sepulcro nuevo” se debió a que el cuerpo fue robado. En este lugar Mateo presenta a los guardias de los que –más adelante- afirmará que fueron sobornados por los sumos sacerdotes (los mismos que “incentivaron al pueblo” a pedir la liberación de Jesús Barrabás). El conflicto entre los miembros de la comunidad de Mateo y los judíos del fariseísmo rabínico son característicos en este momento dramático de la narración. Y Mateo lo destaca claramente.

Foto tomada de www.elmercurio.com.ec

miércoles, 2 de abril de 2014

Animales, no!



¿Animales? ¡No!


Eduardo de la Serna



Más de una vez he dicho, y lo repito: no me convence que se califique de “animales” o como algún tipo de animal especial a las personas. Particularmente cuando se quiere descalificarlas. Y no me refiero a esto movido por mi amor a los animales –que lo tengo- sino porque creo que de ese modo desnaturalizamos y hasta excusamos a esas personas.

Una cosa es la metáfora o la imagen usada para ilustrar. Sin duda es algo figurativo, y tal animal o tal característica zoológica es usada comparativamente o ilustrativamente para aludir a alguien o una característica. Los elefantes tienen memoria, las águilas buena vista, los perros olfato… y aludir a esas cualidades en una persona son imágenes simplemente gráficas. Pero ¿qué pasa cuando se dice de alguien que es un chacal, o unos fondos son buitres, o que una persona o varias es o son bestias, o que en determinadas circunstancias, un grupo actuó “como animales”. Pues creo, simplemente, que en cierta manera de ese modo se exculpa un poco a esa/s persona/s. 

Hitler –vaya el ejemplo de “lo peor”- no era “una bestia”. Era un ser humano. Y como tal, capaz de amar, de sonreír, de disfrutar, de hacer sonreír, y de dar un abrazo. Lo abominable es, precisamente, que se trató de un ser humano. Un ser humano que seguramente tuvo momentos de humanidad. Imagino que habrá tenido amigos, habrá jugado con sus sobrinos (desconozco si los tuvo, simplemente imagino) y acariciado a su pastor alemán. Lo drástico, lo terrible es que un ser humano es capaz, precisamente, de inhumanidad; y en este caso, de la más cruel inhumanidad. Ya lo he dicho: un perro es incapaz de tener actitudes incaninas, un gato, incapaz de ingatunez, un ave incapaz de inavedades… (valgan los neologismos). Sólo el ser humano es capaz de inhumanidad. 

Frente a los casos, abominables y detestables de recientes linchamientos se ha escuchado decir “parecían animales” (dejo de lado y desprecio a los mediocres, oportunistas, que afirman comprenderlos, alentarlos, defenderlos desde la prensa o los sectores políticos). Y creo que hay que decir que ¡no! No parecían animales. Parecían humanos llegando al más detestable grado de inhumanidad. Los animales no son libres de decidir hacer esto a cambio de aquello, un león no es capaz de comer pasto en lugar de una cebra en nombre de la paz, los animales no son libres, el ser humano sí. Y por eso lo que han hecho es grave. No es grave que un pez grande se coma al pez chico, o un guepardo a una gacela, es “la ley de la selva”. Los seres humanos tenemos otras leyes. 

Se escucha hablar de “estado ausente” o de “justicia por mano propia”, y –como se dijo- los que buscan votos marquetineramente con el apoyo de diarios escritos en tinta manchada en sangre, y sus medios audiovisuales, hablan de que “el que las hace las paga”, que a “cada delito un castigo”, de “bala a los delincuentes”, de “uno menos”, de “mano dura”… Nada de eso parece animal. No es pensable un coro de pirañas celebrando una comida, ni aplausos de los lobos de la jauría a aquel que cazó un reno. Los linchamientos y sus reacciones favorables no son animales… ni se le aproximan. Ni siquiera figurativamente… El ser humano es capaz de homicidio. Y de homicidios agravados. El ser humano es capaz de asesinar a su hermano mientras otros lo celebran, y otros votan a los que aplauden o alientan. Solo el ser humano es capaz de inhumanidad. Y de estupidez.


foto tomada de www.fotolog.com

martes, 1 de abril de 2014

Comentario Cuaresma 5A



La fe y la vida definitiva van de la mano


DOMINGO QUINTO DE CUARESMA - "A"
6 de abril

Eduardo de la Serna




Lectura de la profecía de Ezequiel     37, 12-14

Resumen: Como un montón de huesos sin vida, “Israel” se siente abatido en el exilio; Dios lo hará “subir” de las tumbas para llenarlos de vida y volverlos a reconstituir como su pueblo. Para ello por la palabra del profeta les infundirá su espíritu.



La elite de Israel se encuentra en cautiverio en Babilonia. El pueblo (en realidad, la élite, hay que recordarlo, aunque como es habitual la élite se ve a sí misma como “toda la casa de Israel”, v.11) se ve a sí mismo como “muerto”, como “un campo de huesos secos”. En una de sus múltiples visiones, Ezequiel contempla un montón de huesos y el texto alude a la “resurrección de Israel”.


El texto comienza con “la mano de Yahvé” (cf. 1,3; 3,14.22; 40,1: es propio de las visiones del profeta) que lleva a Ezequiel a una ribera (v.1; también ligada a las visiones de Ezequiel: 3,22-23; 8,4) y finaliza con el dicho característico: “oráculo de Yahvé” (v.14). En v.15 comienza una nueva unidad: “la palabra de Yahvé me fue dirigida”. El texto litúrgico es la conclusión de toda esta escena. La clave que motiva todo está dada por los dichos de “los huesos”: “Ellos andan diciendo: Se han secado nuestros huesos, se ha desvanecido nuestra esperanza, todo ha acabado para nosotros” (v.11). Como ya se vio en 20,32 y 33,10 los ánimos del pueblo los abruman, el peso de las culpas los aplasta. Creen que ya todo está perdido y desaparecerán como pueblo terminando como uno más de los demás pueblos de la tierra. Israel ya no será. La sensación ante la visión es la de una “nueva creación” (cf. 36,26-28). El sentido de todo esto está dado porque Yahvé “conoce” (îd‘, verbo que se repite insistentemente en la escena: vv.3.6.13.14) e Israel “sabrá” quién es Yahvé. Pero para eso debe “entrar” en ustedes el espíritu que da vida. “Entrar” también es frecuente en la escena (bô’, vv.5.9.10.12) finalizando con la “entrada” anunciada en la tierra de Israel, y también lo es “subir (‘lh, vv.6.8.12.13) pues como “sube” la carne sobre los huesos, subirán de las tumbas (como “subieron” de Egipto, Ex 3,8.17…). La relación entre las situaciones de “Israel” en Egipto e “Israel” en Babilonia es un tema que será teologizado con frecuencia y servirá para repensar el regreso a la tierra. También es recurrente el verbo “profetizar” (nb’, vv.4.7.9.12) en el sentido de pronunciar una palabra de parte de Dios, y también de convocar (al “espíritu”). Finalmente es clave el término “espíritu” (rûah, vv.1.5.6.8.9.10.14; cf. 11,19; 36,26 siempre asociado a la vida) aquí usado en todos los sentidos variados que el término tiene en hebreo: el soplo / aliento de vida hace revivir los huesos, pero a él se dirige el profeta: “¡ven!” (v.9) quizás aludiendo a los vientos, y finalmente refiere al “espíritu de Yahvé” (v.14), es este espíritu de Dios el que da sentido al pueblo y su existencia y futuro. Como en Ez 36,16-38 se alude a la regeneración del pueblo que se siente abatido; como en Gen 2 la creación del cuerpo requiere un segundo momento: la donación del espíritu. El pueblo no puede ni tiene existencia sino por acción de Dios (“tú lo sabes”, v.3). Israel es incapaz de vivir, de “subir a su tierra” y a su Dios, sin la iniciativa y obrar divinos.


La conclusión (vv.11-14) explica el sentido de todo: Israel será “re-creado”, “levantado”, “vivificado”, pero esto es signo de la presencia de Yahvé en medio suyo, no hay Israel sin Yahvé.



Lectura de la carta de san Pablo a los cristianos de Roma     8, 8-11

Resumen: Mirando de manera contrapuesta la “carne” y el “espíritu” Pablo se refiere a dos modos de vivir de la persona. El creyente en Cristo está invitado a dejarse conducir por el espíritu de dios y no por la debilidad humana que le impide agradara Dios y a los hermanos.



La carta a los Romanos está terminando toda su primer gran unidad dedicada a mostrar los efectos de la gracia en los creyentes. El gran efecto (ya preparado en la carta a los Gálatas, que muchos autores ven como una gran inspiradora de la carta a los Romanos) es la libertad. El creyente es libre a diferencia de los que están sometidos a sus propias (in)capacidades o a la misma Ley (caps. 1-3). Pero no es libre por su propia fuerza sino por la gracia de Dios. Esta nos “sumerge” «en Cristo» y por tanto hemos abandonado el ámbito de la debilidad (= carne) para dejarnos conducir por la fuerza de Dios en nosotros (= espíritu). Sin ese espíritu, ciertamente, recaeríamos en la incapacidad que nos impide vivir según Dios, “en Cristo”. “No pueden” (ou dynantai, v.8, cf. v.7). El contraste es evidentemente entre la “carne” y el “espíritu”, se trata de dos mundos, dos horizontes. La carne es expresión de nuestra propia incapacidad, mientras que el espíritu es “de Dios”, sólo quien tiene el espíritu de Dios puede “agradar a Dios”, es decir: vivir conforme lo que Pablo ha enseñado (1 Tes 4,1), buscando agradar a los hermanos (Rom 15,1-3), a todos (1 Cor 10,33) por Dios (cf. Gal 1,10). 


Aquellos que en el Bautismo han recibido el espíritu ya no están “en la carne”, el espíritu “habita” en ellos (8,9.11; ver 1 Cor 3,16). Sin ese espíritu, el que “habita” es el pecado (7,17.20), “nada bueno habita en mí” (7,18) [el verbo habitar, enoikéô, es exclusivamente paulino en el Nuevo Testamento]. 


Este contraste entre carne y espíritu se refleja en otro contraste: pecado - justicia, muerte - vida (v.10) [notar que lo que muere es el “cuerpo”; no dice “carne”. Es importante evitar toda lectura platónica o helénica para no malinterpretar estos términos de la antropología paulina]. La muerte ha entrado en el mundo como consecuencia del pecado (5,12), la vida ha reinado a causa de la justicia: “En efecto, si por el delito de uno solo reinó la muerte por un solo hombre ¡con cuánta más razón los que reciben en abundancia la gracia y el don de la justicia, reinarán en la vida por un solo, por Jesucristo!” (5:17). La vida que los “cuerpos mortales” recibirán de parte de aquel que “resucitó a Jesús” es dada por mediación de ese espíritu de Dios que habita en nosotros (v.11).




+ Evangelio según san Juan     11, 1-45

Resumen: El último de los signos de Jesús es dar vida a Lázaro. Un diálogo con Marta, su hermana, sobre creer, da sentido a que la fe permite acceder a una vida definitiva de la que Marta es modelo para los lectores del Evangelio.



El último de los siete “signos” de Jesús muestra la plenitud de sentido de la revelación de Jesús, en Juan: Jesús es y da la vida a la humanidad, sin embargo, los seres humanos, a causa de esto deciden “darle muerte” (11,53). 


Como las unidades anteriores, el texto es muy complejo. Veremos algunos elementos antes de mirar el sentido fundamental del relato.

  •        Jesús se ha ido lejos de donde solía estar ya que “querían prenderlo” (10,39), por eso fue donde Juan bautizaba “y se quedó allí” (10,40). De allí que cuando –más tarde- decide ir a Betania los discípulos le dicen que “hace poco querían apedrearte” (v.8) y por tanto concluyen, “vayamos a morir con él” (v.16).
  •         Anacrónicamente dice en 11,2 que “María era la que ungió al Señor con perfumes…” pero eso ocurrirá recién en 12,3-8. Es posible que Juan haya adelantado esta escena para darle (o profundizar) sentido de “unción para la sepultura” a lo realizado por María, con lo que es coherente con la unción en Mc 14,3-9 (aunque allí es una mujer innominada).
  •          Decir que Jesús “amaba” a Marta, a su hermana y a Lázaro (v.5), o que “a quien tú quieres está enfermo” (v.3) llevó a algunos a afirmar que el discípulo amado sería Lázaro. Expresamente el autor del cuarto Evangelio omite el nombre y debe mantenerse.
  •         El clásico “malentendido” joánico está dado con el uso de “despertar” a Lázaro (el juego entre “dormir” y “morir” es frecuente, cf. Mc 5,39) pero también con el doble sentido de la palabra “vida” (como veremos).
  •          La frase de las hermanas, “si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano” (Marta, v.21; María v.32) puede entenderse como reproche, pero también –y parece preferible- un simple comentario, “¡qué pena que no estabas, sino seguro que no moría!”. El comentario de Marta añade: “Pero aún ahora sé que cuanto pidas a Dios, Dios te lo concederá” (v.22) no parece que deba entenderse como confianza en que puede resucitarlo (por el diálogo que sigue a continuación, vv.23-24).
  •          La confianza de Marta en que Lázaro “resucitará en la resurrección, el último día” (v.24) es coherente con la teología farisea.
  •        La presencia de testigos es repetida con cierta insistencia ya que serán los que desencadenarán la conclusión (vv.19.31.33.36.37.45-46).
  •          De María y de los judíos se afirma que “lloraron” (klaíô, vv.31.33) mientras que de Jesús se utiliza otro verbo (edákusen, v.35). Es posible que este, que también puede traducirse por “lagrimear” denote tristeza pero no desesperanza.
  •        Es muy frecuente en Juan que ante Jesús se produzca una “división” (7,43; 9,16; 10,19), en este caso en v.45 al ver el signo “muchos” creen en él, mientras que en v.46 algunos fueron a contar a los fariseos. Puesto que deciden darle muerte (v.53) nuevamente Jesús debe esconderse retirándose a “una ciudad llamada Efraim” (v.54).
  •        El hecho de Jesús es calificado, como es habitual (x17) de “signo” (v.47, sêmeia) por Juan. Los signos son un hecho que “esconde” otra cosa mucho más profunda del mismo tipo, así como el pan, la luz, son “más” que simple pan o luz, sino que Jesús mismo ilumina y sacia las realidades más profundas del ser humano. Se puede decir que lo que se ve (el signo) es en realidad como una suerte de cáscara de algo más profundo (lo significado). Pero sólo se puede llegar a esa profundidad cuando se ve el hecho como signo (6,26), sino, los espectadores se quedan con la “cáscara” sin descubrir nada más. Esa profundidad, como es característico en Juan, es Jesús mismo, visto como el que sacia, el que ilumina… Algo habitualmente expresado (en la profundización del discurso) por el uso de “yo soy” (yo soy el pan, yo soy la luz del mundo… esa luz, ese pan que ustedes ven es signo de que Jesús ilumina y sacia). Por eso los signos están dirigidos directamente a que los que los ven puedan “creer”. “Para que crean” es que se dan los signos. Lo que los testigos pueden vislumbrar es la gloria (doxa) de Jesús. Por eso ante el primer signo se afirma claramente: “este fue el primero de los signos… así manifestó su gloria y creyeron” (2,11).
  •          La conclusión del Evangelio lo afirma claramente: «Jesús realizó en presencia de los discípulos otros muchos signos que no están escritos en este libro. Estos han sido escritos para que crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengan vida (zôê) en su nombre». (Jn 20:30-31). La vida es el objetivo, y a esto se llega al creer, y se llega a creer al descubrir los signos y ver en ellos la gloria de Jesús.


Precisamente nos encontramos ante un signo (la vida de Lázaro) pero un signo que esconde algo que debe ser creído: que Jesús es (“yo soy”, v.25) “la resurrección y la vida”. Jesús le afirma a Marta que “si crees, verás la gloria de Dios” (v.40; cf. v.4). El verbo “creer” (tan importante en Juan, x98) se encuentra x9 veces en la unidad, y es particularmente importante en el diálogo de Jesús con Marta que ocupa la parte centrar de la escena: “el que cree en mí, aunque muera vivirá” (v.25) “¿Crees esto?” (v.26), “Yo creo…” (v.27). 


Es interesante notar que en Juan se utilizan fundamentalmente dos términos griegos para hablar de la vida. Psyjê (x10) destacando que esta vida se puede “entregar” o “perder” (10,11.15.17; 12,25; 13,37.38; 15,13) y también zôê (x36). Esta zôê es vida “eterna” (3,15.16.36; 4,14.36; 5,24.39; 6,27.40.47.54.68; 10,28; 11,25; 12,50; 17,2.3) es resucitada (5,29), es una vida dada por Jesús, por tanto alude a “otro nivel” de vida, a la vida divina. Jesús es vida y resurrección, y creer en él permite recibir de él esa vida que él da. Es a esta vida que Marta accede al creer; de hecho, la confesión de fe de Marta es la misma “para” la que se escribe el Evangelio: que Jesús “eres el Cristo, el Hijo de Dios” (v.27), y que –como se dijo- da vida (zôê). Por eso el que cree, aunque muera (vida humana) vivirá (vida divina); el que vive (vida divina) y cree, no morirá jamás (muerte definitiva) (vv.25-26). 


En este sentido podemos decir que si bien Lázaro es el beneficiario de la vida (humana), Marta es la que –por la fe- alcanza la vida plena que Jesús trae. Lázaro es signo (la cáscara) de una vida nueva y plena –divina- que Jesús trae a “el que cree”.




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