domingo, 7 de abril de 2013

Hablemos con "propiedad"

Hablemos con "propiedad"



Eduardo de la Serna

Hablar de lo "propio" es sumamente confuso; porque es "propio" de los fines de marzo que haya grandes tormentas (aunque algunos funcionarios desinformados aprovechen para irse de vacaciones); es "propio" de un tonto cometer tonteras (y no hablo de políticos, aunque algunos...), alguien se "apropia" de algo o alguien porque cree que le pertenece (o pretende que le pertenezca), o alguien puede pensar que algo es "propiedad" de alguien o algo.

No pretendo aclarar, ni tampoco dar definiciones de diccionario, sólo pretendo aportar algo.



Señalo algunos aspectos:



A nivel teológico el tema es de una importante riqueza, especialmente al hablar de la Trinidad. La identidad y semejanza entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo no impide que haya cosas que son "propias": es propio del Padre "crear", del Hijo "liberar" y del Espíritu "santificar", por ejemplo. Aunque Dios sea uno sólo.
A nivel social, el tema puede esconder gravedad. Hay unos 400 jóvenes "apropiados" que desconocen su identidad, su historia, y viven en la ficción. Pero también es posible que estos jóvenes, y ha ocurrido más de 100 veces, se apropien de su historia y puedan reconstruirla.
Por otra parte, hay colectivos sociales o humanos que quieren defender por sobre todo, su "propiedad". Es el valor supremo por el que vale la pena perder todo. Para una concepción social -ideológica por cierto- la "propiedad privada" es el valor absoluto, aunque haya 4/5 partes de la sociedad que estén privados de propiedad.

 

La idea de lo "propio", escondido en el término, merece mucha atención, para -al menos- entender lo mismo.



+ Podríamos señalar, para empezar, que el punto de partida radica en la justicia (y la verdad): ¿realmente es "propio" el joven al que se le ha negado la historia en la Dictadura? Fue "apropiado", pero sin verdad, sin justicia. Fue "hecho propio" por alguien que no tenía ese derecho. Pero el mismo joven puede "apropiarse" de su historia, y -con verdad y justicia- armar o reestructurar su "propia vida". "Apropiadores", niño "apropiado", no significa que sea "propio" de esa persona -hoy adulto- creer ser quien no es. Sólo la verdad y la justicia determinarán lo propio, aunque esta verdad y justicia nunca lleguen, o lleguen tarde y la abuela haya muerto en una inundación sin conocer a su "propio" nieto. Aunque no lleguen, lo "propio" está allí, en el ADN en este caso; aunque alguien se haya "apropiado" de la historia personal de esta persona para manipularla, deformarla y construir mentira e injusticia.

+ La así llamada "propiedad" privada -habitual perversión en la que se disfraza la injusticia, la corrupción y la violencia,-supone que algo (generalmente muchos "algos") es propio de una persona (generalmente pocos "unos"). Pero ¿realmente es propio? Sin duda que el tema merece un buen análisis histórico, sociológico, antropológico... ¿Cuánta propiedad privada tienen los miembros de la Sociedad Rural que se quedaron con tierras de indígenas robadas por Julio A. Roca y sus esbirros? ¿Es propia o apropiada? Y lo mismo cabe decir de las comunidades indígenas o campesinas que nuevos esbirros, acompañados por sicarios con armas o "plumas (=computadoras)" son cómplices de nuevas apropiaciones para "apropiarse" de la palabra "campo" y -más aún- de la argentinidad (con la espada, con la pluma y la palabra, valga la apropiación). La propiedad privada no es algo "propio" del cristiano, es propio del capitalismo, evidentemente.

+ Veamos brevemente otros aspectos. Es habitual que haya grupos que se "apropian" del todo, lo cual es algo sumamente grave. Cuando un grupo de países se refiere a sí mismos como "el mundo", por ejemplo; el Tercer Mundo no cuenta, sólo vale el Primero. Y así se habla de "Guerra mundial" (porque fue del Primero), de que estamos "aislados del mundo", o de que "todo el mundo" está en contra de Cristina. Hay una apropiación (o un aceptar la apropiación de otros) que se parece más a una sinécdoque que a la realidad. Y la sinécdoque es una figura retórica por la que una parte expresa el todo; no es una expresión "precisa" sino poética.

"Mi" mundo no es "el" mundo, aunque sea parte de él. Cuando confundo "mi mundo" con "el mundo", o cuando me apropio del "mundo" (o de la argentinidad), no venderé soja hasta que no logre lo que deseo (= mi beneficio); o me opondré al proceso de paz en Colombia (como lo hace algún narco-paramilitar ex presidente) porque me he apropiado tanto de "la patria" que me vuelvo incapaz de mirar "lo propio". Me lo he "apropiado".

O cuando un medio se cree "la prensa" o -peor aún- se apropia tanto de "la verdad" que la deforma e inventa (total muchos creerán) porque nos hemos "apropiado" de la capacidad de informar negándosela a otros (acusándolos, o estigmatizándolos: "periodismo militante" o "periodista K", o "programa ultra oficialista"...).



La "apropiación" logra su objetivo cuando consigue "introyectar" el machismo en la mente de la mujer, el dominador en el dominado, el amo en el esclavo, cuando logra que el otro haga "propia" aquella cosa de la que nos hemos "apropiado".



- Lo propio aparece, habitualmente, como una suerte de apéndice de uno mismo; la mujer es vista con frecuencia como propiedad del varón porque la considera parte de sí mismo y de lo que puede aprovechar según sus "propios" criterios y deseos. Recuerdo una vez que un señor me dijo que iba decidido a matar a alguien -finalmente no lo hizo, aclaro- porque "me violó mi mujer. Y, ¿sabe, padre? No hay nada peor que a uno le violen su mujer", me dijo. "-Si -le dije- hay algo mucho peor... (me miró asombrado) ¡ser la mujer violada!" Se quedó un rato en silencio y bajando los hombros me dijo, "padre, tiene razón". Su primer planteo había sido de"propiedad", no había mirado con los "propios" ojos de su compañera.

- Los "bienes" (sic) son entendidos como "propios" porque -según se dice- se han adquirida legalmente (compra, herencia), y uno puede disponer de ellos según su "propio" criterio, sin tener en cuenta los demás, sus deseos, y mucho menos sus "propias" necesidades. Podríamos hacer un análisis profundo para ver si realmente algo es "legal": las riquezas hechas con sangre esclava, o con explotación o bajos salarios -por ejemplo- ¿son legales? O mejor, aunque legales, ¿son legítimas? Recuerdo otro señor, inmigrante italiano él, que se quejaba de los planes sociales diciendo: "yo vine con una mano atrás y otra adelante, nadie me dio nada. Todo lo que tengo me lo gané yo; ¿por qué tengo que dar?". Yo le dije, "me parece que no es verdad. Usted se vino de un país que no le daba nada, y vino a un país que le dio oportunidades. Usted trabajó, pero alguien le dio la oportunidad que allá no tenía. Es justo colaborar con el país para que siga dando oportunidades a otros". No me entendió (no supo o no quiso, no sé).

- Con frecuencia se escucha decir que algo es "propio" de la mujer (ternura, recepción, confiabilidad) y algo "propio" del varón (fuerza, empuje, firmeza). "los hombres (= varones) no lloran" es un ejemplo característico de esta "apropiación" machista. Se cuenta que cuando el último rey musulmán de Granada (Boabdil) fue expulsado por los reyes "católicos" (1492), al dejar la ciudad se dio vuelta y lloró (el monte se llama hoy "Suspiro del moro") y su madre Aixa le dijo "llora como mujer lo que no supiste defender como hombre" (= varón). Curioso que lo diga una mujer. Y dejando de lado la época en que fue dicho y la cultura, no deja de ser cierto que aún hoy se escucha atribuir a mujeres o a varones "apropiaciones" que bien deberíamos preguntarnos si son "propias" o son "apropiadas". ¿Es verdad que los varones "no lloran"? Dicen que este es el punto de partida de lo que se llama "perspectiva de género" (género femenino, pero también masculino, obviamente). Y me apropio de ese punto de partida. Entre paréntesis, decir "hombre" (= especie humana) aplicado al "varón" ¿no es una apropiación machista?

- Mirando películas, por ejemplo, es frecuente notar los estereotipos en los que la pereza mental de los guionistas incurren a diario. Si es Colombiano o Mexicano (con mayúscula por respeto a los pueblos, en este caso) deben ser narcos o sicarios (o los musulmanes, terroristas). Es "apropiar" al estereotipo algo que ni remotamente la mayoría de los Mexicanos o Colombianos son, pero si lo son para Hollywood, porque como "todo el mundo sabe" no hay narcos "originarios" ni sicarios en EEUU.



Pero esto son ejemplos -y podrían multiplicarse- y yo quiero detenerme en "apropiaciones" que me parece merecen una mirada crítica y teológica. A veces pareciera que los obispos o el papa se "apropian" de la Iglesia; los medios -con frecuencia- dicen "la Iglesia dice (o hace)" porque un obispo dijo o hizo; y en ese caso se trata de una apropiación indebida. ¿Qué es lo propio de la Iglesia? ¡Ser pueblo!



Veamos un tema teológico fundamental. Los que creemos en el Espíritu Santo, creemos que este actúa en la Iglesia. Esto no debe entenderse como que lo que la Iglesia dice o hace está dictado o impulsado por el Espíritu, por supuesto: la Historia de la Iglesia está llena de casos en los que evidentemente no fue así.

Pero si la Iglesia es un pueblo, ¿qué decimos? Por cuanto es un pueblo "de Dios" se supone que Dios la acompaña, la impulsa, la ilumina. Pero ¿cómo distinguir cuando lo que se dice o hace está impulsado por el Espíritu Santo y no por el pecado de los hombres (= varones y mujeres)? Se trata del mismo problema que durante todo el tiempo bíblico tuvo el pueblo para reconocer verdaderos de falsos enviados de Dios. ¿Cómo saber si esto que dice esta persona es de Dios o no? Es el desafío de los llamados -más tarde- "falsos profetas". Por ejemplo, Jeremías se enfrentó duro con el "profeta" Jananías; los contemporáneos... ¿cómo sabrían cuál es "propiamente" (verdadero) profeta? Jeremías la pasó muy mal, no le creyeron a él, aunque -con el paso del tiempo, ¡mucho tiempo!- sus palabras sí -y no las de Jeconías- fueron reconocidas por el pueblo como "palabra de Dios".

Valga este ejemplo para iluminar el tema; es lo que ocurre con los libros que van siendo incorporados en la "lista" de textos considerados "inspirados" por el pueblo. Fue un proceso lento -muy lento-; de siglos. Y acá va apareciendo la clave: el pueblo se fue "apropiando" de unos textos, y no de otros. El mismo espíritu que inspiró a Jeremías, o a los "autores sagrados", inspiró al pueblo para que se fuera "apropiando" de estos textos y no de otros (las razones y motivaciones fueron muchas y variadas, aclaremos). A ese lento proceso de "apropiación" se lo llama teológicamente "recepción". El pueblo "recibe" algo como "propio", y otras cosas no son recibidas, sea por que se las valora pero no reconoce con el mismo valor que los otros, o sea porque se las rechaza (los casos y temas son muy variados).

Algo muy semejante ocurre con los "santos". Durante los primeros siglos de la historia de la Iglesia, el pueblo se fue "apropiando" de determinados personajes reconociéndolos como "nuestros"; y sigue pasando cuando la fe del pueblo se "apropia" de algunos santos y desconoce a otros (incluso de personajes no canonizados, obviamente). Lo mismo ocurría con los nombramientos episcopales, que eran "propios" del pueblo que los elegía y reconocía). [Entre paréntesis, por lo que sé, algo semejante ocurría con los diáconos indígenas en Chiapas, era la comunidad la que los escogía. Pero esto fue censurado y vetado por la curia romana].

Por tanto, debemos señalar que algo es "propio" de la Iglesia, cuando el pueblo se lo "apropia", cuando hay "recepción". No es "eclesial" algo por ser dicho por un obispo, o un papa; es eclesial cuando el pueblo de Dios lo reconoce como tal. Esto tiene su motivación en la fe en el Espíritu Santo (y es por eso que no se dice que se "cree en la Iglesia", la Iglesia no es "objeto" de fe); como afirmaba sabiamente Pablo 6º: "el Espíritu Santo es el alma de la Iglesia". Una Iglesia que se apoya en obispos o papas, por más buenos y santos que estos sean, es una Iglesia sin alma, desanimada.



¿Qué es lo propio de la Iglesia? Aunque a veces pareciera que la Iglesia se ha apropiado de la verdad, por ejemplo, lo propio de la Iglesia es anunciar buenas noticias de parte de Dios a la humanidad, empezando por los pobres. Eso es lo propio, "el único absoluto es el reino de Dios, todo lo demás es relativo" (Pablo 6º; texto también citado en Aparecida). Sin duda que para reconocer algo como propio y eclesial hará falta poner un oído en el Evangelio y un oído en el corazón del pueblo, pero se trata de algo creyente, se trata de reconocer simplemente que lo propio de la Iglesia es el Espíritu Santo, aunque algunos le "apropien" al Espíritu de Dios características que no le son"propias".



 


 

foto tomada de http://es.123rf.com

viernes, 5 de abril de 2013

El lenguaje de Jesús


El lenguaje de Jesús (*)
Eduardo de la Serna

Resumen:
Se presenta el modo de predicar de Jesús, para lo que se presenta el “reino de Dios” como el qué de su predicación para luego señalar el cómo de dicha predicación. Este se concreta en hechos de Jesús como parte indispensable de su predicación del Dios “abbá”, tanto en los milagros, los exorcismos, como las comidas de Jesús. Estas, a su vez complementadas por sus palabras. No solamente las parábolas, sino también sus controversias que lo llevan a la muerte, palabra definitiva confirmada por el Padre en la resurrección.
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Los investigadores contemporáneos se han preguntado –y lo siguen haciendo- quién es Jesús. Qué hizo, o dijo, cómo fue –aproximadamente- su vida, y qué lo condujo a la muerte, cómo lo vieron sus contemporáneos, sean estos compañeros, competidores y hasta enemigos. E incluso, también aproximadamente, qué dijo Jesús de sí mismo, cómo se concibió y se presentó ante su auditorio. Pero, precisamente por esto último, es importante señalar –como se ha hecho- que Jesús casi no habló de sí mismo, puesto que en realidad Jesús se presenta simplemente predicando, con dichos y gestos, que Dios quiere reinar. Y “algo” tiene para decir, Jesús, sobre este reinado.
            Pero resulta llamativo, mirando su hablar, que Jesús no aparece como persona de grandes discursos, debates intelectuales, o un gran expositor. Si nos preguntáramos distraídamente, lo primero que nos surge al pensar en el modo de hablar de Jesús, diríamos “las parábolas”, las cuales no son, precisamente, discursos de academia. Sin embargo, mirando los Evangelios resulta llamativo que los contemporáneos también supieron “leer” o “escuchar” los gestos y acciones de Jesús, los que provocaban en los presentes estupor y admiración: “¿Qué es esto? ¡Una doctrina nueva expuesta con autoridad! Manda a los espíritus impuros y estos le obedecen” (Mc 1,27). Sin duda es la “autoridad” lo que cuenta, en este caso –y en otros- y lo que provoca una reacción “hacia” Jesús de parte de los espectadores. Por eso, al preguntarnos sobre el “lenguaje de Jesús”, no sería justo quedarnos en una simple mirada superficial o simplista que se detenga en su lenguaje oral, descuidando el gestual, o el simbólico. Sin embargo, todavía antes de presentar estos elementos, es necesario detenernos en una pregunta fundamental: antes de interrogarnos cómo habla Jesús, es imprescindible saber de qué habla. Por cierto esto será a su vez la conclusión, pero resulta claro que el qué es el que determina el cómo. Y esto, en Jesús (y en sus gestos, además de sus palabras) es lo que lo constituye en predicador.
            Para quienes nos presentamos como seguidores de este Jesús, responder esta pregunta no es simplemente dar lugar a una curiosidad histórica, o una duda “piadosa”, sino también detenernos en ese mismo qué y cómo que deben constituirnos. Si Jesús se presenta como uno que ha venido “para” evangelizar, sus seguidores existen precisamente “para” eso mismo: “La Iglesia existe para evangelizar” afirmaba el recordado Pablo VI. Y –por otro lado- si Jesús es evangelizador –anunciador- del reino de Dios, no parece que haya de ser otro el anuncio de sus seguidores. Finalmente, si con sus gestos y palabras, Jesús “habla de Dios”, parece razonable que sea él –y no otro, por “serio” que aparezca- el primer modelo y el mejor ejemplo de “teo-logo”, y sea sobre todo él, a quien deberíamos mirar y en quien deberíamos reflejarnos. Preguntarnos por el lenguaje de Jesús no debería ser una mera pregunta de ocasión, sino sobre todo, por seguidores, una pregunta por nuestro propio ser y sentido.
Jesús predica el Reino de Dios
Casi podríamos decir que Jesús no tiene otro tema sino sólo “el reino de Dios”. Marcos lo señala como el primer discurso de Jesús (1,15) y los historiadores coinciden en afirmar que el tema y término proceden del Jesús histórico. Resulta curioso que Jesús nunca explica en qué consiste este reino, por lo que podemos suponer que los destinatarios lo comprendían sin problemas. Con ejemplos –parábolas- sí detalla a qué se asemeja (o a qué no se asemeja). Al igual que en castellano, en el lenguaje bíblico, el término “reino” es ambiguo. Para no abundar en disquisiciones señalemos que Dios “reina” allí donde y cuando se hace su voluntad. Cuando el pueblo de Dios se dirige por “otros caminos”, cuando pretende ser como los demás pueblos, cuando sus autoridades se desvían, la historia les indica que Dios ha enviado diferentes personajes, como los profetas, para corregir el rumbo. “Así habla Yahvé” repiten estos una y otra vez. Pero la persistente actitud de desobediencia del pueblo y sus dirigentes llevó –en los últimos siglos del Primer Testamento- a entender que Dios se ha molestado con los suyos, y se encerró en el “séptimo cielo”, y retiró su espíritu. Será un “día” –indeterminado- en el que él decidirá romper su silencio, volverán los (o el) profetas y se derramará el espíritu. Pero esto ocurrirá cuando el pueblo esté dispuesto a escuchar la palabra de Dios, es decir, cuando pueda “reinar”.
            Sin embargo, es importante tener claro que hay diferentes “lenguajes sobre Dios”, y por tanto, no es lo mismo que el que reine sea un dios sádico, un dios tirano, un dios indiferente… El “reino de Dios” es inescindible del “Dios del reino”. Y a este Dios, Jesús lo presenta como “papá” (abbá). Es curioso –sin embargo- que, hablando del reino, no destaque a Dios como “rey”, sino como padre, y esto no es ocasional. Siempre que Jesús habla de Dios (con la única excepción del momento de la cruz donde parece citar el Sal 22: “Dios mío… ¿por qué me has abandonado?”) se refiere a él como “padre”. Esto no es meramente simbólico, “padre” dice familia, y dice “hijos”. Siendo que un tema muy importante de Israel es el reconocimiento de los demás miembros del pueblo como “hermanos” a los que debe tratarse como tales, resulta fácil concluir que Dios reina cuando sus hijos viven como verdaderos hermanos (y hermanas). Sobre esto volveremos. Pero es importante notar que el reino es una iniciativa divina, no es preciso hablar de “edificar/construir el reino”, ya que este es “de Dios”, es gratuidad. Pero eso no impide notar claramente que si bien el reino es “don”, es a su vez “tarea”. Es “tarea” de los seguidores de Jesús.
            Uno de los aspectos que han resaltado los modernos estudios sobre Jesús es resaltar su condición de judío. Es precisamente como tal que viene a “reunir a las ovejas perdidas del pueblo de Israel”, o que pretende “reunir al Israel disperso”. Resulta anacrónico pensar que Jesús viene a “fundar una nueva religión”. Jesús viene, como enviado del padre Dios, a anunciar que Él se ha decidido a empezar a reinar en la fraternidad (y sororidad) de los miembros del pueblo de Dios.
Pero este comienzo es claramente una “buena noticia” (= evangelio). Especialmente para quienes por diferentes situaciones estaban habituados a “malas noticias”, los pobres. Para quienes no son tenidos en cuenta como hermanos, para los oprimidos, los despreciados, para quienes no son valorados especialmente por quienes se sienten o actúan como “dueños” de las llaves, o del pueblo, los que ya desde los profetas son cuestionados como malos (o falsos) pastores que no conducen al pueblo, o que se desentienden (o matan) a las “ovejas”.
            Es imprescindible notar que Jesús no pretende comunicar una mera “noticia”, sino una noticia que expresamente –en continuidad con un discípulo (¡o discípula!) de Isaías- califica de “buena”. Es decir, una noticia no solamente interpretada, sino en la que elige tomar parte.
            Ahora bien, y volveremos sobre esto, es una noticia que expresamente se dirige a los pobres: “el espíritu me ha ungido para anunciar el evangelio a los pobres” (Lc 4,18). Resulta curioso, en nuestros días, que algunos evangelizadores sean cuestionados por insistir en este aspecto. “¿Por qué habla tanto (sic) de los pobres?; ¿y los ricos?; ¿acaso no hay pobres malos?” No se comprende que los que dedican su vida y ministerio a evangelizar a los pobres sean quienes deben explicar su proceder, cuando pareciera que son precisamente quienes no lo hacen los que debieran justificar su accionar y su predicación no obrando conforme al obrar de Jesús. Precisamente es esta estrecha relación entre contenido y destinatarios lo que transforma la predicación en “buena noticia”. También volveremos sobre esto.
            Es después de esta breve introducción que podremos detenernos a comentar cómo es que Jesús anuncia esta buena noticia del reinado de Dios. Miraremos entonces, sus gestos y acciones y también sus palabras.
El obrar de Jesús
Así como una primera y rápida pregunta por las palabras de Jesús suscitaría la respuesta sobre las parábolas, una primera pregunta sobre sus gestos, miraría los milagros. Esto no es incorrecto, aunque sea limitado y parcial. Comenzaremos, entonces, por los milagros, pero luego miraremos otros gestos que ameritan también un comentario.
            En realidad, el término “milagro” es un término ambiguo y con frecuencia no permite comprender con precisión su sentido. Nuestra mentalidad moderna, suele detenerse en el umbral de la ciencia, y por milagro se entiende una curación o algo del estilo que no es explicable por la ciencia (sin que quede claro qué pasaría si la ciencia de mañana pudiera explicarlo). En el ambiente bíblico, por milagro debe entenderse un acontecimiento, normalmente extraordinario, en el que los testigos descubren la presencia de Dios. Por esto un milagro presupone la fe, y conduce a más fe. No se formula la pregunta acerca de cómo ha sucedido tal o cual cosa, sino para qué. Es precisamente esta pregunta la que nos ubica los milagros de Jesús en el marco de su predicación del reino. Lo primero que podríamos decir, en este sentido, es que la enfermedad no es conforme a la voluntad de Dios, Él no la quiere, y por eso –para que se haga su voluntad, para que Él reine- Jesús combate la enfermedad. Sea esta la ceguera, la parálisis o la lepra (todas, además, con buena carga simbólica). Dios quiere que la humanidad pueda ver el camino (contra la ceguera), y ponerse a andar (contra la parálisis) como pueblo de hermanos (contra la lepra).
            Un espacio particular merecen los exorcismos. En realidad, el término “exorcismo” no es el más adecuado (además de la carga “hollywoodense” que suele tener), el término preferido en los evangelios es “expulsó”. Una fuerza externa debilita a alguien de por sí débil (mujeres, niños, marginados) alienándolo como persona. La acción de Jesús puede calificarse de particularmente humanizadora. La antropología cultural ha dedicado interesantes páginas a este tema, pero deteniéndonos en el lenguaje, señalemos que es en este terreno donde se señala particularmente que Jesús “pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él” (Hch 10,38). En este tema, por otra parte, se comienza a notar el desarrollo del conflicto. No son pocos los relatos de expulsión de demonios que terminan en conflicto (a diferencia de los milagros que suelen terminar con los testigos “maravillados”). Probablemente es en los exorcismos donde más patente se ve la presencia del reino (y el enfrentamiento con el anti-reino): “si expulso a los demonios por el dedo/espíritu de Dios, es que ha llegado a ustedes el reino de Dios” (Mt 12,28/Lc 11,20). Las personas alienadas por la opresión –por ejemplo, la situación de violencia que se padece en la Palestina y alrededores en el siglo I, a causa de las Legiones romanas, los impuestos y las complicidades de patrones y sacerdotes- encuentran en Jesús uno que “les hace bien”. El endemoniado de Gerasa queda: “sentado, vestido y en su sano juicio” después de vagar como un no-humano por los sepulcros, hiriéndose y negándose a todo contacto humano (Mc 5,1-20). Es en la humanización de los débiles donde Dios reina. El desahuciado vuelve a ser visto como hermano.
            En este sentido, no podemos dejar de lado las miradas (“lo miró”, “viendo”…) de Jesús, o también su actitud de “tocar” (o ser tocado). No hace falta señalar lo profundamente humanos que son estos gestos y actitudes. A modo de ejemplo, notemos el caso del leproso: éste permanece a distancia de Jesús. La legislación no le permitía acercarse. También él es un no-humano, lo más semejante a un muerto que existe, sin poder entrar en contacto con los demás, ni tampoco con Dios. Todo lo que este tocara queda impuro, y también quien lo tocara; por eso debe vivir fuera de la ciudad y aislado (a menos que se juntara con otros leprosos como él). A distancia, pues, le dice que si quiere puede limpiarlo (notar el verbo, no pide curarse). Pero sorpresivamente, Jesús lo toca. No es el caso señalar que esto haría impuro al Señor, lo importante es el contraste entre una legislación que excluye en nombre de la “pureza” (limpiar), y un predicador que incluye: es la persona humana la que cuenta, antes que la ley. Jesús entra en contacto con el leproso, y eso sirve de testimonio para una religión que “separa”, en contraste con un Dios que reina recibiendo como hermano al despreciado y rechazado.
            Un elemento que se destaca con frecuencia en los gestos de Jesús es lo que solemos llamar su “compasión”, su misericordia. En griego, la referencia es a las “tripas” de Jesús, a su actitud entrañable. Frente al dolor, a Jesús se le conmueven sus entrañas y no puede permanecer impasible ante esto. El dolor también limita la humanidad, la condiciona y hasta la elimina. Ante el hambre de la multitud, el dolor de una viuda, la exclusión del leproso, Jesús se conmueve. Pero a diferencia de la “compasión sensible” que tantas veces manifestamos ante las víctimas del hambre, la violencia o la guerra, Jesús no sólo se con-mueve a causa del dolor sino que esto lo mueve hacia el/los doliente/s, y busca eliminar la causa del dolor que deshumaniza limpiando al leproso, resucitando al hijo de la viuda o alimentando de pan y peces a la multitud. Se debe notar claramente que la principal característica “pastoral” de Jesús es la compasión: “sintió compasión de ellos porque estaban como ovejas que no tienen pastor” (Mc 6,34).
            Los Evangelios, particularmente san Lucas, dedican espacio a las “comidas de Jesús”. Entre estas, destacan las comidas con “pecadores”. Resulta sintomático que el comentario de los testigos es, con escándalo, “¡y come con ellos!” (Lc 15,2). Para comprender bien esto, es importante señalar que en el mundo antiguo, sólo se come con quien “es como uno”. El dicho “dime con quién andas y te diré quién eres” era perfectamente aplicable al ambiente del Mediterráneo del siglo I. Si Jesús come con pecadores, eso indica que él es uno de ellos. El ambiente “religioso” de Israel se caracterizaba, por ejemplo, por los ayunos. Esta actitud frente a las comidas era indicio de separación y pureza. Los discípulos de los fariseos y los de Juan el Bautista, así como los esenios, se caracterizan por sus ayunos (Mc 2,18). Jesús, en cambio, se caracteriza por su participación en banquetes. También sus discípulos. Tanto que los comentarios “de la calle” a Jesús lo llaman “comilón y borracho” (Lc 7,34). La comida es un espacio característico de integración o exclusión. Y mientras la religiosidad de los piadosos se considera exclusiva, y esto se manifiesta en sus mesas, Jesús elige mostrarse inclusivo, particularmente con aquellos que los primeros rechazaban. Quizás por esto es que al reino “se entra”, ya que sólo una mesa en la que los despreciados, los últimos y rechazados tengan cabida será una mesa de hermanos y hermanas. Si no, se trata de una mesa de puros, o de perfectos. Como el hermano de la parábola que se niega a participar del banquete que el padre da al hijo menor, particularmente negándose a reconocerlo como hermano (“ese hijo tuyo”, Lc 15,36) al que tanto el padre (15,32) como el sirviente (15,27) han llamado: “tu hermano”. Las comidas de las que Jesús participa, en las que todos tienen cabida –rompiendo con toda libertad con los patrones culturales y religiosos de su tiempo-, particularmente los rechazados y menos-preciados son un fuerte signo vivo de su predicación del reino, en el que todos/as están invitados a sentirse y saberse hermanos/as. Experiencia que se niegan tener aquellos que no quieren reconocer a otros como “hijos de Abraham” (Lc 13,16; 19,9), esto es: como hermanos.
            Un último elemento que podemos señalar, en continuidad con lo que venimos diciendo, es que Jesús se sabe enviado a restaurar Israel. El reconocimiento de los demás como hermanos/as, los hijos de Abraham, el Dios que elije reinar, nos ubica a Jesús en continuidad con Israel, pero señalando y corrigiendo lo que –según él- no lleva a ser en verdad Israel, un pueblo según la voluntad de Dios. A modo de ejemplo, notemos dos aspectos importantes: Jesús y la mujer y la elección de los Doce. El tema de la mujer no era uniforme en Israel, y diferentes grupos tenían diferentes actitudes frente a las mujeres. Con las características propias de cada evangelio, es notable el lugar que Jesús les da en su grupo, aunque esto –como en otras cosas que hemos señalado- significara un desprestigio social o cultural (como también ocurre con la elección de publicanos en su grupo). Es notable que Jesús tuviera discípulas, y muy probable que ellas participaran de las comidas de Jesús. Sin duda esto decía una palabra sobre la mujer, y –particularmente- sobre como es el Dios que quiere reinar entre los suyos. Y suyas.
            Dentro de los seguidores, es sabido que Jesús elige “Doce”. No porque sólo hubiera ese número en su entorno, sino por una expresa intención de “decir” algo. Doce son las tribus de Israel, y eligiéndolos, Jesús ejemplifica, visualiza su misión restauradora de Israel. Es posible, incluso, que los Doce no fueran siempre los mismos aunque muchos permanecieran desde el comienzo, lo cierto es que no importaban tanto los nombres cuanto el número. Su sentido simbólico es reflejo del envío a un pueblo. Doce son los hijos de Jacob, que dan origen a las tribus; por eso es razonable que aunque hubiera mujeres en su grupo, los Doce fueran varones; sencillamente para “decir” Israel, el renovado, el de los tiempos mesiánicos.
Las palabras de Jesús
Sin embargo, Jesús también “dice” oralmente, no solamente con hechos sino también con palabras. Notemos algunos elementos del lenguaje oral del Señor.
            Empecemos destacando que sería pretencioso –y falso- insinuar que pensamos destacar o sintetizar en unos pocos renglones todas las parábolas de Jesús. Lo que nos interesa es mostrar su lenguaje. Y el lenguaje de las parábolas es ciertamente “popular”. La sabiduría de Israel se expresa popularmente en lo que se denomina el “mashal” (= proverbio). Dentro de estos proverbios, ocupa un lugar interesante el proverbio en el que se compara una actitud –positiva o negativa- con una imagen: “manzana de oro con adornos de plata es la palabra dicha a tiempo” (Pr 25,11). Como es evidente, la plata y el oro son ilustración de lo que importa en el proverbio, en este caso, la palabra. Un narrador encontrará mejores o peores ilustraciones para lo que desee resaltar, y la sabiduría popular se alimenta de estos relatos. Pues bien, la parábola es una “ampliación narrativa” del mashal. El narrador se detendrá , por ejemplo, en el amigo que regala a otro una manzana de oro a causa de una celebración, etc… pero evidentemente no es la manzana, ni siquiera el oro lo importante, sino la palabra. Pues bien, Jesús fue sin dudas un narrador de parábolas. Y es importante notar que, como venimos diciendo, en general, lo que importa es precisamente el reino de Dios. Utilizará un elemento u otro, destacará un aspecto en una parábola y otro en la siguiente, pero el reino de Dios aparece como central en gran cantidad de parábolas. Para ello destacará un sembrado, una pesca, una casa. En otras parábolas preferirá destacar actitudes, como la compasión de un samaritano, o la compasión de un padre ante su hijo que vuelve a casa (notar el uso de la “compasión” en ambos casos), o la de un acreedor ante una deuda inmensa e imposible. En algunos casos, se contrastan actitudes como un rico y un pobre, un fariseo y un publicano, un padre y su hijo mayor, siendo sorprendente el final del relato… Lo que interesa en todos estos casos es que, por un lado, aun cuando no hable expresamente del reino de Dios, Jesús destaca o presenta actitudes que son propias del reino como el perdón, la compasión, el amor, la confianza plena en Dios. Y para destacar estos elementos, no habla de oro y plata, sino de cosecha, de cosechadores, de pesca o de familias, o incluso mostrando aspectos claramente contra-culturales como un hijo que pide su herencia (y el padre que la da), un publicano justificado, un samaritano modelo de amor, un rey que perdona una deuda inmensa (y no se debe olvidar el marco socio-económico y la gravedad del tema de las deudas que tantas veces Jesús remarca, y que lamentablemente ha sido disimulado en la nueva versión castellana del Padre Nuestro). En el lenguaje de Jesús, al destacar el tema de las parábolas no puede menos que llamar la atención que su lenguaje es un “hablar desde las víctimas”. Incluso es llamativo que aunque hable del reino, el Dios que se muestra no es habitualmente un rey sino un padre, y un padre muy lejano del autoritarismo patriarcal que se esperaría, sino por el contrario, un padre con aspectos bastante “maternales”, si puede decirse así. Mirando sus parábolas no podemos menos que comprender el “lugar” de Jesús, el “lugar” desde el que habla.
            Sin embargo, no podemos tampoco descuidar que precisamente el hablar del Dios de Jesús, con gestos y palabras, desata en su ambiente un conflicto, particularmente con los “teólogos” de su tiempo. Las controversias de Jesús no deberían descuidarse, particularmente si hemos de tener en cuenta que el conflicto que se desata será decisivo a la hora de la cruz.
            Para comenzar señalemos que muchos de estos conflictos, claramente teológicos, se desatan particularmente a consecuencia de “hechos” de Jesús. Los testigos saben “leer” los hechos, saben que Jesús está “hablando” al tocar un leproso, al curar en sábado, al expulsar demonios. Y que Jesús está hablando de ese Dios al que llama “padre”. Muchas de esas controversias tienen una connotación hermenéutica: no es ese que ustedes le dan, el sentido del sábado, o de la pureza, o de tal o cual texto de la ley. Mateo lo sintetiza con la fórmula: “han oído que se dijo… pero yo les digo” (5,21-48). Pero las respuestas de Jesús sobre otros aspectos de la ley también lo ilustran: “el hijo del hombre es señor del sábado” (Mc 2,28; es posible que “hijo del hombre” en este caso deba entenderse “el ser humano” en general); o “es lícito, en sábado, hacer el bien en lugar del mal” (Mc 3,4). Podríamos decir que el Dios –abbá- que Jesús muestra con sus palabras y actitudes, no parece “el mismo” que el que los teólogos contemporáneos defienden. Lo mismo puede decirse de las purificaciones, las comidas y los miembros (impuros) del movimiento de Jesús. Jesús parece presentar “otro Dios” y por lo tanto, otro modo de aproximarse a Dios, muy diferente al que los teólogos presentan. O –para ser más precisos- un modo de recibir al Dios que se aproxima, muy diferente al “dios” que pretende obras, méritos, acciones para que con esfuerzo, el ser humano pueda acceder a él (un dios bastante pigmeo, podríamos añadir, si así fuera). Pero este “dios de selectos” parece entrar en conflicto con este “padre de todos y todas” de Jesús. Y precisamente por eso, el conflicto se desencadena, y –no podría ser de otra manera- es en Jerusalén donde alcanza su culminación.
            La diosa “Roma”, y el culto al emperador, que como buen representante, Pilatos se ocupó de afianzar (como se ve en las monedas que hizo acuñar), y la crisis con las autoridades judías, desembocaron en un conflicto que no podía tener otro fin sino la muerte. Especialmente porque Jesús se negaba a desdecirse, lo que significaría –obviamente- negar a ese Dios que mostraba con sus palabras y actitudes. La condena a muerte resultaba, sin dudas, el triunfo del dios de los adversarios. Aceptara la muerte o no (desdiciéndose) Jesús sería derrotado. Y eligió aceptar el camino de la fidelidad. Fidelidad a todo lo que había dicho y hecho, lo que significa fidelidad al rostro de Dios padre que mostró. Fue así que la cruz resultó, por así decirlo, la última palabra de Jesús. “A pesar de todo, él es mi Dios” pueden haber sido sus últimas palabras (que en arameo explicarían la confusión con Elías). Sea como fuere, aceptar la cruz también es una palabra: no la de un Dios sádico que quiere sangre y dolor (ese es el dios de los crucificadores), sino aceptarla como último y definitivo acto de amor y fidelidad a ese Dios que tozudamente se negó a negar. La cruz nos abre un camino nuevo, no por el dolor y la muerte, no porque Dios quiera esa sangre, sino por el amor extremo (Jn 13,1).
            Sin embargo, aunque la cruz sea una palabra, esta es la palabra del fracaso y la derrota, y del triunfo de los violentos y asesinos, si aquí culmina todo. La resurrección es también una palabra, esta de Dios. Ante el conflicto desatado y concluido con la muerte del predicador de parábolas, profeta de Galilea, Dios se reserva una palabra luego de su silencio en la cruz. La resurrección es un Dios que toma postura en el conflicto a favor de su Hijo. Resucitándolo, Dios confirma las palabras y gestos de Jesús como verdadera “palabra de Dios”. Escuchar la resurrección como palabra es saber que esa sistemática actitud de Jesús de hacer suyo el lenguaje de los pobres, de compadecerse de las víctimas, de mostrar un Dios que es padre de todos y todas, pero que para que sea –precisamente de todos y todas- debe estar en el “lugar” de los últimos, pues esas palabras de Jesús resultan análogas a aquellas de Job a quien Dios le afirma que “Job habló bien”, a diferencia de los defensores de Dios, y teólogos tradicionales que “no hablaron bien” porque no supieron hablar desde el sufrimiento del (de los) inocente (s). La resurrección es la última palabra que confirma, desde la vida, que tiene la última palabra en el drama, que todas las palabras de Jesús revelan un Dios que quiere mostrarse como padre, y siéndolo se hace su voluntad “en la tierra, como en el cielo”.
Conclusión
Las palabras de Jesús, su lenguaje de compasión y de pueblo, encontraron eco en sus seguidores. Siempre adaptando dichas palabras y actitudes a los nuevos destinatarios. Sería motivo de otro artículo presentar dicha continuidad, pero señalemos brevemente los hilos conductores:


·                      Desde muy pronto, el cristianismo de los orígenes supo ver una clara continuidad con Jesús en la predicación a los paganos y la aceptación de estos sin reclamar la circuncisión. En continuidad con algunos profetas, supieron ver en estos, verdaderos hermanos que se incorporaron a Israel en el reconocimiento de su Dios (el abbá), siendo recibidos como verdaderos hermanos (aunque con dificultades y conflictos, por cierto);


·          La primitiva predicación a los paganos (el kerigma) supuso la invitación a abandonar los ídolos. La aceptación del Dios único y verdadero (1 Tes 1,9), Dios que es salvación para “todos” los que creen. El enfrentamiento con los ídolos, tan frecuente en los profetas bíblicos, tiene como objetivo principal que la confianza no esté puesta en lo que no-es-dios, y se afiance la vida en el Dios que quiere “el derecho y la justicia” para su pueblo.



·          Pablo, como justo representante del cristianismo de la primera generación cristiana, pone toda su confianza en que lo que permite acceder a Dios, encontrarse con él, no son los méritos, ni el estricto cumplimiento de la ley, sino “la gracia”. Esto es, el abajamiento de Dios hacia la debilidad humana para que “todos” (y no solamente los “fuertes”) puedan participar de la vida divina.


·          En la segunda generación cristiana, los evangelistas supieron adaptar las palabras y hechos de Jesús para que fueran a su vez “buena noticia” para sus comunidades, cada una de ellas con situaciones, conflictos y problemáticas diferentes. Así, Mateo, Marcos, Lucas y Juan supieron ser fieles a las personas y realidades de su tiemplo sin perder ni un ápice su fidelidad a Jesús y su buena noticia. Así fueron “multiplicadores” y “re-creadores” del lenguaje sobre Dios y su reinado que Jesús proclamó con su vida, selló con su muerte y el Padre Dios confirmó con su resurrección.



Bibliografía complementaria:


R. Aguirre, La mesa compartida. Estudios del Nuevo Testamento desde las ciencias sociales (Sal Terrae, Santander 1994) [Presenta un importante trabajo sobre las mesas de Jesús, particularmente en el Evangelio de Lucas, y otros artículos: sobre el Reino, la radicalidad evangélica, la cruz y la pluralidad].

G. Barbaglio, Jesús, hebreo de Galilea. Investigación histórica (Edit. Secretariado Trinitario, Salamanca 2003);

J. Gnilka, Jesús de Nazareth. Mensaje e historia (Herder, Barcelona 1993);

S. Guijarro Oporto, Reino y Familia en Conflicto. Una aportación al estudio del Jesús histórico, EstBib 56 (1998) 507-541 [sintetiza su trabajo cumbre: “Fidelidades en conflicto. La ruptura con la familia por causa del discipulado y de la misión en la tradición sinóptica” sobre la familia y el reino, publicado por la universidad de Salamanca 1998];

G. Lohfink, La Iglesia que Jesús quería. Dimensión comunitaria de la fe cristiana (Edit. DDB, Bilbao 1986);

G. Lohfink, ¿Necesita Dios la Iglesia?, (Edit. San Pablo, Madrid 1999);

H. Lona, Jesús según el anuncio de los cuatro evangelios (Edit. Claretiana, Buenos Aires 2009);

J. P. Meier, Un Judío Marginal. Tomos I-IV (Verbo Divino, Navarra 1997-2010) [el tomo V y último, está en proceso de elaboración];

J. P. Meier, “Jesús”, en R. E. Brown et al. (eds.) Nuevo Comentario Bíblico San Jerónimo. Nuevo Testamento y artículos temáticos, ed. Verbo Divino, Navarra 2004, 1078-1096

H. Moxnes, Poner a Jesús en su lugar. Una visión radical del grupo familiar y el Reino de Dios (Edit. Verbo Divino, Navarra 2005);

J. A. Pagola, Jesús. Aproximación histórica (Ed. Claretiana, Buenos Aires 2009);

G. Theissen - A. Merz, El Jesús histórico (Ed. Sígueme, Salamanca 1998).



  • Original publicado en la revista CLAR (Bogotá) 50/1 (2012) pp. 54-69
  • Imagen tomada de blog.woll.es

miércoles, 3 de abril de 2013

Sólo Jesús

Sólo Jesus

Eduardo de la Serna



Con el corazón puesto en tu mirada,
con las manos como manos de un amigo
con la vida que quiere regalarse
para que sean muchos los que saben que estás vivo

Con confianza de hijos y de hermanos
la esperanza de un reino, de un camino
la alegría que triunfa en las tinieblas
tu palabra como un Faro bien prendido

Y la luz, y la semilla, y la fuente
y la mesa compartida en pan y en vino
son los signos que alimentan nuestros pasos
son los pasos que caminan peregrinos

es la fuerza que da fuerza a nuestras manos
son tus manos que nos alzan sin motivo
sos motivo de la sangre derramada
de la mano que es tendida hacia el vecino

son tus huellas marcadas en la arena
y tus llagas de amor que es compartido
es tu seno de madre disponible
tu presencia en el pobre y oprimido

Es un fuego que quiere propagarse
un carbón entre cenizas encendido
es un viento que se mete en todas partes
y que mueve y alimenta los molinos

Tu presencia que es ausencia incomprensible
con tu rostro entre los tuyos escondido
me da fuerzas, Jesús, para gritarlo
para decirle a todo el mundo que estás vivo.


foto tomada de http://dadlogratis.blogspot.com/2012/10/con-jesus-en-medio-de-la-crisis.html

martes, 2 de abril de 2013

Comentario Pascua 2C


El resucitado es el crucificado

Segundo domingo de Pascua (7 de abril)

Eduardo de la Serna


Lectura de los Hechos de los Apóstoles     5, 12-16


Resumen: La comunidad anuncia a Jesús pero también continúa con su ministerio de predicar y hacer signos y prodigios ante el mundo. Lo anuncia con hechos y palabras.

Después de desarrollar una serie de relatos que nos preparan para el surgimiento del primer grupo de discípulos (“movimiento de Jesús”), y antes de dar comienzo a la misión de la Iglesia, Lucas nos presenta un sumario (el tercero), es decir una síntesis de lo que hace la comunidad. El texto a primera vista parece un  poco confuso e irregular, por ejemplo, afirma que “nadie se atrevía a unirse al grupo” y a continuación “que el número crecía”. Súbitamente el relato pasa a hablar de Pedro dejando el “todos” con el que había comenzado. Pero veamos:

Después de dos sumarios (2, 42-47; 4, 32-35) se alude expresamente a que “por mano de los apóstoles” se realizaban terata kai semeía, «prodigios y signos». Esta frase se repite en 2,22.43; 4,30; 5,12; 6,8; 7,36; 14,3; 15 12. Es una fórmula que proviene de los LXX, la Biblia griega, donde frecuentemente describe las acciones extraordinarias de Dios en favor de Israel (por ejemplo, Ex 7,3; Dt 4,34; 28,46; 29,2; 34,11; Sal 135,9; Is 8,18). Hasta ahora, el que hablaba y obraba era Pedro, y acá se aludirá a los “apóstoles” que en Lc-Hch refiere habitualmente a los Doce (es de él que viene la frase “los doce apóstoles”; en otros textos del NT es diferente). Como en 3,11 esto ocurre en el pórtico de Salomón (ver Jn 10,23). Testigo de estos “signos y prodigios” es el pueblo (v.12) que habla de los apóstoles elogiosamente (v.13) lo cual ciertamente aumenta el honor del grupo. Ahora bien, ¿quiénes son “los otros” que no se atreven a juntarse? Puede deberse a algunos impactados y con temor por lo ocurrido con Ananías y Safira (5,1-11) o gente que está en otra parte del templo distante de donde se juntan los discípulos, no es algo evidente en el texto. Como es habitual en él, Lucas exagera afirmando que van “todos” al encuentro y “todos” son curados (v.12.16; recordar, por ejemplo, el “todos” de Lc 15,1-3). Así el número de “creyentes” sigue creciendo (ver 2,41.47b; 4,4). Ya se los había señalado –en un sumario anterior- que “todos los creyentes vivían unidos” (2,44) y tenían “un solo corazón y una sola alma” (4,32); aquí se señala que están con “un mismo espíritu” (“unánimes”, v.12b). Este término, salvo una vez en Rom 15,6 es exclusivo de Hechos en el NT (x10). Se aplica a la oración “unánime” de la primera comunidad (1,14; 4,24), unánimes van al templo (2,46) y en general indica algo hecho de común acuerdo, en conjunto y unidad. Es interesante que sea algo que se dice insistentemente de las comunidades ideales que Lucas presenta de modo idílico en los comienzos del Evangelio. Este grupo es calificado de “multitud” (vv.14.16), y expresamente son señalados “varones y mujeres”. Desde el comienzo las mujeres son destacadas en la comunidad (1,14), tanto varones como mujeres son encarcelados (8,3; 9,2; 22,4), ambos géneros hacen crecer la comunidad (8,12; 17,4.12; 21,5) además de aquellas mujeres mencionadas por su nombre como Tabitá, Lidia, Prisca y otras. Siendo que las encontramos desde el comienzo, es lógico suponer que cada vez que se hable de “la comunidad”, “los discípulos” o que cada vez que se utilice un plural, debamos suponer a las mujeres en ese grupo.

Abruptamente en v.15 parece retomar la tradición de Pedro que encontrábamos en los primeros capítulos. Algunos lo ven como ruptura. De hecho el sumario es muy semejante a Mc 6,35-36, texto que Lucas no pone en el mismo lugar que Marcos, quizás reservándolo a fin de ponerlo aquí. No es la única vez que Lucas no pone algo de Jesús en Marcos en el cuerpo del Evangelio y lo pone –pero aplicado a discípulos- en Hechos; por ejemplo ver Mc 16,64 / Hch 6,11; Mc 15,11 / Hch 6,12; Mc 14,57-58 / Hch 6,13-14  o Mc 4,12 / Hch 28,26-27. En este caso, el sumario aplicado a Jesús por Marcos, se aplica a Pedro (y uno semejante se aplicará más adelante a Pablo, en otro paralelo típico de Hechos entre estos dos personajes, 19,11-12; es típico también de Hechos mostrar que cosas que hace uno, también las realiza el otro).

Continuando la obra sanadora y exorcista de Jesús la comunidad primitiva da comienzo a su  ministerio de anunciar el Evangelio.



Lectura del libro del Apocalipsis     1, 9-11a. 12-13. 17-19

Resumen: una visión inaugural presenta a Jesús que se dirige a "Juan" presentándose a sí mismo para que luego él se dirija a las Iglesias con características que el A.T. atribuye a Dios.

Después de una breve introducción (1,1-3), el libro del Apocalipsis empieza con un canto litúrgico conducido por un guía y respondido por la asamblea (1,4-8). Terminado el canto (algo que será muy frecuente e importante todo a lo largo de un libro con importantes párrafos litúrgicos) nos encontramos con la primera visión, preparatoria a lo que vendrá (las visiones preparatorias son algo también habitual en el libro). Jesús mismo se le presenta al “vidente” y se manifiesta. Esto será una suerte de introducción a los próximos dos capítulos, las cartas a las 7 Iglesias. Así se ha dicho –quizás de un modo algo simplista- que en 1,4-8 el texto habla a Jesús, en 1,9-20 se habla sobre Jesús y en 2-3 es Jesús mismo quien habla.

El vidente se presenta como “Juan”. Siendo que es propio de la literatura apocalíptica la “pseudonimia”, es decir poner el texto bajo el nombre de grandes personajes históricos como Moisés, Adán y Eva, Henoc, Daniel, Baruc. Así en este libro parece aludirse a la tradición de algún gran personaje de antaño, quizás al apóstol. De todos modos, el texto empieza aludiendo al “testimonio” a causa del cual el autor se encuentra en una isla, Patmos. “Testimonio” en griego es “martyría”, otro tema característico de la literatura apocalíptica, propia de tiempos martiriales.

Lo que vendrá a continuación es una “visión” ocurrida el “día del Señor” con lo cual retomamos el clima litúrgico. Se le encarga al vidente escribir a las siete  iglesias lo que verá, con lo que prepara los próximos 2 capítulos. De hecho, cada carta empieza con una referencia al remitente de la misma aludiendo a un aspecto diferente de esta visión (“esto dice el que tiene las siete estrellas…”, “el que tiene la espada aguda de dos filos”, etc.). La “visión”, en realidad comienza en v.12 ya que antes nos encontramos frente a una “audición”. La descripción del personaje comienza entre siete candeleros de oro  y finaliza describiendo que “en la mano tiene siete estrellas…”. Lo que se destaca del personaje es que es “como un hijo de hombre”, y a continuación se señala su vestimenta, su cabellera, ojos, pies. La mayor parte de estas descripciones remiten a textos del A.T., particularmente del libro de Daniel, una nueva característica de todo el libro que remite constantemente a textos del AT. Sobre el libro de Daniel es importante señalar que –de todos modos- habla de un “hijo de hombre” (7,13) puesto en contraste con cuatro bestias que representan cuatro pueblos opresores de Israel (probablemente  babilonios, persas, y griegos, ptolomeos y seléucidas). A diferencia de estos, el hijo de hombre también representa un pueblo, Israel, que en contraste con la deshumanización bestial de los otros viene a inaugurar una era de humanización. Esta figura, el hijo del hombre, sin embargo, fue adquiriendo características más personales con el paso de la literatura apocalíptica. En nuestro texto, concretamente, se refiere sin dudas a una persona individual y concreta (es interesante que los nombres-títulos “Jesús” y “Cristo” no son muy frecuentes en el Apocalipsis, (x14 y x7 respectivamente) pero indudablemente se refiere a Él.

Ante esta visión, “Juan” cae en tierra –algo que en la Biblia ocurre cuando se está frente a Dios- y nuevamente “escuchamos” la voz que –en este caso- interpretará lo que ha visto y prepara lo que sigue. El que habla se presenta como “el primero y el último” (v.17), el primer título dado a Dios en el AT (Is 44,6) que se traspasa a Jesús en este libro (nueva característica de esta obra aplicar a Cristo títulos propios de Dios). Pero esto es interpretado a partir de la muerte y resurrección de Jesús: “estaba muerto, pero vivo”, por eso es “el viviente”. Y por eso es el que tiene la llave capaz de liberar de la muerte (v.18) a los que residen en ese “lugar” (= el Hades). La característica de Jesús vivo por la resurrección de entre los muertos será un elemento más de los muchos que atraviesan todo el libro (p.e. ver 5,6; 14,1). Y concluye señalando que debe escribir lo que es y lo que sucederá. Sin duda se refiere al presente de la/s Iglesia/s, en su situación de tensión y conflicto y su promesa de plenitud a los que se mantengan fieles (los “testigos”). El intérprete (que haya alguien que interprete –generalmente un ángel- también es algo característico de los apocalipsis) aclara que los candelabros y las estrellas son los siete ángeles de las siete iglesias a los que dirigirá la palabra (y la orden de escribir) en los siguientes dos capítulos.

Lo cierto es que “el que vive” por la resurrección (“para siempre”) da el sentido al presente de las comunidades, se dirige a la realidad concreta de las Iglesias y las invita a modificar de actitud o mantenerse en fidelidad, según sea el caso, para que los tiempos críticos en los que se escribe la inviten a mirarse en el “hijo del hombre” y dejarse conducir por él.


Evangelio según san Juan    20, 19-31


Resumen: en dos escenas Jesús se aparece a su comunidad otorgando los dones plenos esperados para el final de los tiempos. Por otra parte, se resalta la identidad entre el resucitado con el crucificado en los signos visibles de la cruz, pero -como el discípulo amado- el Evangelio se dirige a quienes creerán sin ver y así alcanzarán la vida plena de Dios.

El día de la resurrección está concluyendo. De madrugada, María Magdalena fue al sepulcro (20,1); más tarde María se encuentra con Jesús a quien confunde con el “jardinero” (20,15) y lo comunica a los “discípulos” y al atardecer de ese mismo día tiene lugar la aparición a “los discípulos”. No sabemos quiénes eran los que estaban en este relato (por lo cual “los discípulos” como conjunto son los que deben ser tenidos en cuenta en el relato), sólo sabemos quién faltaba, Tomás, que será el protagonista, junto con Jesús, de la próxima y última escena. Esta unidad tiene entonces dos partes separadas por una semana (a fin de que la nueva aparición del resucitado vuelva a ocurrir en domingo). La ausencia y presencia de Tomás marca el elemento -nuevo en la segunda- que las relaciona, pero no hace falta caer en el fundamentalismo de preguntar si entonces Tomás no recibe los dones dados por Jesús en la primera visita.

Empecemos señalando que la presencia de Jesús con las puertas cerradas (v.19.26) parece intentar aludir a que Jesús no ha vuelto a la misma vida pasada: su cuerpo es el mismo, pero es a su vez distinto, es glorificado. Como en la escena que sigue, las palabras de Jesús reconocen el don de la paz (shalom, algo necesario en medio del “temor”; no es justo decir que la paz ya está entre ellos –a causa de la ausencia de verbo, lit. “la paz con ustedes”- ya que el temor y la alegría posterior parecen desmentirlo) que Jesús les otorga (vv.19.26) y a continuación “les muestra las manos y el costado” reforzando así la idea de que “el resucitado es el crucificado”, continuidad y diferencia. Esto dicho anticipa la escena de Tomás, pero también nos adelanta que lo que dirá luego de los que “creen sin ver” no se refiere a los discípulos sino a los lectores del Evangelio.

La alegría y la paz nuevamente otorgadas tienen una nueva dimensión. No se trata simplemente de repetir un saludo y que los discípulos se “alegren” por verlo resucitado, la “paz” y la “alegría” son dones escatológicos, como es escatológico todo el ambiente de esta escena. La resurrección de Jesús empieza a derramar sobre los suyos, los discípulos, los dones esperados para el final de los tiempos. Precisamente el gran don, el que engendra los anteriores, es el Espíritu que ahora entrega el resucitado. Nosotros lectores ya sabemos que sobre el pequeño grupo al pie de la cruz –los creyentes representados en la madre y el discípulo amado- se ha dado el espíritu (19,30), como estaba anunciado (7,39). Pero el espíritu –ver los dichos del Paráclito (ver 14,16.26; 15,26; 16,7, siempre en el discurso de despedida)- no se derrama sobre el pequeño grupo, sino sobre todos los creyentes para ser testigos (20,22; ver 15,26-27).

Ahora bien, como se puede ver en una lectura integral de todo el Evangelio, uno de los elementos centrales de la cristología joánica es presentar a Jesús como “enviado” del Padre. El “enviado” (hebreo “sheliah”) es una institución característica para la cual la persona tiene “la misma autoridad que tiene quien lo envía”, es decir, lo que dice, lo que decide, lo que deja de hacer es el mismo ‘enviador’ quien lo hace. Siendo Jesús “enviado del Padre” evidentemente pronuncia su misma palabra, opera sus mismas obras como todo a lo largo del Evangelio queda claro. “Enviado” en griego se dice con dos términos, pempô y apostellô (de donde viene “apóstol”). Así podemos decir que en el cuerpo del evangelio de Juan sólo hay un “apóstol” que es Jesús. Sin embargo, una vez resucitado, Jesús “envía” a sus discípulos así “como el Padre me envió” (ver 13,16.20; 17,18), y –en coherencia con los textos mencionados- es un envío “al mundo”.

A continuación les da la capacidad de hacer llegar a todos el perdón de Dios (en un texto que tiene cierto contacto con Mt 16,19; 18,18).

La escena queda abruptamente interrumpida –no hay despedida ni partida- con la referencia a la ausencia de Tomás. En un diálogo entre ambas escenas los asistentes confirman que han “visto al Señor” (nuevamente se confirma que la alusión a los que creen sin ver no se refiere a ellos) pero Tomás manifiesta explícitamente su incredulidad yendo más allá de la visión, él quiere tocar.

Ocho días más tarde la escena inicial vuelve a repetirse, como dijimos, pero ahora Jesús se dirige directamente a Tomás invitándolo a hacer lo que había solicitado e invitándolo a no ser increyente sino creyente. La escena concluye con la magnífica confesión de fe de Tomás, “Señor mío y Dios mío”.

Pero veamos algunos elementos fundamentales para entender más plenamente esta unidad: como se ha dicho, la paz y la alegría no son un simple saludo. La paz ya había sido anunciada por Jesús para su vuelta (14,27-28; 16,33; ver Is 52,7, 60,17, 66,12); y también la alegría (14,19; 16,21-22; ver Is 51,3 11, Sal 35,9). El “soplo” podría aludir al relato de la (nueva) creación (Gen 2,7; Sab 15,11) pero parece también coherente con la imagen de la resurrección en alusión a Ez 37 en el relato de los “huesos secos”; la humanidad resucita por el poder creador de Jesús resucitado. La referencia a perdonar y retener se mueve entre dos extremos, y tiene la apariencia de lo que se llama un “merismo”, es decir una figura retórica que quiere señalar la totalidad moviéndose entre los dos extremos. En este caso parece simbolizar el control total del acceso a la casa (ver Is 22,22 con términos similares, que también inspira –como dijimos- a Mt 16,19 y 18,18). Puesto que la escena refiere a “los discípulos” sin especificar, parece que debe entenderse que es toda la comunidad creyente la que recibe este “ministerio”.

Los discípulos ya habían escuchado palabras semejantes de María Magdalena que “había visto al Señor”, pero el texto no dice nada sobre las consecuencias de esto (lo que podría estar incluido si creemos que Juan ha desarmado el texto –como hemos dicho la semana pasada- y puesto la reacción de los discípulos al comienzo de la unidad). Las mismas palabras dicen ahora los discípulos a Tomás: “hemos visto al Señor”.

La respuesta de Tomás a los discípulos marca un segundo estadio en su itinerario de fe –luego de la ausencia- Está dispuesto a dejar su incredulidad si es que el resucitado se ajusta a sus criterios, pero «si no» (ean me) cumple sus condiciones, permanecerá en la incredulidad, “no creeré” (ou me pisteuso). Tomás exige “tocar” a Jesús así como María quería aferrarse a su cuerpo (20,17); Tomas –ahora al menos está presente- exige experimentar el cuerpo resucitado del  crucificado. Pero el sentido fuerte de “tocar” y “meter” parece destacar, además, la continuidad entre el mundo pasado y presente de Jesús (algo que el paso a través de las puertas refuta, como dijimos). Para creer, Jesús debe aceptar sus exigencias.  Al aparecerse Jesús manifiesta aceptar las condiciones de Tomás, pero a su vez también pretende: “y no seas incrédulo, sino creyente…” (no hace falta destacar la reiteración e importancia del verbo “creer”). Nada indica que Tomás tocara, ahora es él el que acepta la condición de Jesús y manifiesta su fe. Lo que había ido mostrándose en el Evangelio sobre “la palabra” en 1,1-2, el uso por parte de Jesús del absoluto “yo soy” (ver 4,26, 8,24.28.58; 13,19; cf. 18,5.8), y su afirmación «yo y el Padre somos uno» (10,30 y también 10,38) llegan a su “climax” en esta confesión de fe: “Señor mío, Dios mío”. Se ha destacado que el emperador Domiciano (81-96 d.C.)  quería ser venerado como Dominus et Deus noster (Suetonio, Domiciano 13). El ambiente del “culto al emperador” era muy importante en el imperio romano, y quizás sea el trasfondo del dicho, pero no hace honor al texto entenderlo solamente como una confrontación; el dicho debe entenderse especialmente en el contexto del mismo Evangelio y su texto (cf. Sal 35,23; Am 5,16).


La confesión finaliza con un dicho de Jesús, “Dichosos los que no han visto y han creído” abriendo así el relato a los lectores del Evangelio, a un nuevo tiempo histórico (17,20; cf. 1 Pe 1,8). Pero no es justo, tampoco, descuidar–en una misma proyección a los discípulos y al tiempo de los lectores del Evangelio- que antes, del discípulo amado se ha destacado que creyó sin ver (20,8). Eso es lo que están invitados a confesar los destinatarios del cuarto evangelio, y ese ejemplo están (estamos) invitados a seguir.

En los vv.30-31 se presenta la conclusión de todo el Evangelio, el “para qué” fue escrito: “para que crean” y creyendo “tengan vida” (divina). “Juan” ha hecho una selección de signos en esta obra con esta finalidad, “que crean”. No se debe descuidar que este creer aquí se señala explícitamente: “que crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios”, algo que en el Evangelio es confesado por Marta (11,27). Siendo idénticas palabras a las de Pedro en la llamada “confesión de fe de Pedro” (Mt 16,16), seguramente debería referirse a Marta con idéntica idea, “confesión de fe de Marta”; por eso a ella Jesús le aclara “el que crea en mí, aunque muera vivirá, y todo el que vive y cree en mí no morirá jamás. ¿Crees?” (11,26; notar en ambos casos –de Marta y de la conclusión del Evangelio- la centralidad de “creer”). Siendo esta la máxima confesión de fe del Evangelio, no se debería dejar a Marta en un segundo lugar al leerlo. Pero –en este caso concreto de la liturgia de la fecha- siendo esta la conclusión de todo el Evangelio, la unidad merecería un desarrollo mucho más extenso. Simplemente reiteremos aquí la estrecha relación entre fe y vida (divina), eso es lo que el autor del Evangelio pretende. Esos son los “creyentes” –y discípulos amados- y esa es la comunicación de la vida “resucitada” para “todo el que cree”.


Dibujo tomado de http://www.parroquiavilanova.es/2011_04_01_archive.html