martes, 23 de abril de 2013

Comentario Pascua 5C


¿Somos reconocidos por el amor?

Domingo 5º de Pascua [C]
  (28 de abril)

Eduardo de la Serna


Lectura de los Hechos de los Apóstoles     14, 21b-27


Resumen: Pablo y Bernabé comienzan la misión evangelizadora por el territorio de Asia menor. Allí crecen las comunidades porque crece la palabra de Dios y entonces, eligen ministros para que la palabra se mantenga, la fe se consolide y se conforten los ánimos, aún en los malos momentos.

Les recorridos misioneros de Pablo son muy esquemáticos en Hechos, y siguiendo todos un esquema semejante que tiene una evidente intención teológica del autor. El texto que hoy nos presenta la liturgia es la conclusión delo que se ha llamado el “Primer viaje misionero de Pablo”. Dejemos de lado aquí que es probable que la presentación tan esquematizada invite a sospechar de la verosimilitud histórica, pero esta no es importante en este momento. Es muy probable que no hayan existido los “3 viajes misioneros” como Hechos los presenta, y como pueden verse en los mapas de las Biblias (en realidad sería más preciso si el título del mapa dijera “viajes según Hechos de los Apóstoles”). Este doble esquema, geográfico y teológico lo encontramos en este texto claramente presentado.

Pablo y Bernabé han recorrido varias ciudades del sur de la región de Galacia. Al llegar a Derbe, luego de anunciar allí la palabra (v.25) emprenden el camino de regreso visitando las mismas comunidades recién fundadas, obviamente en orden inverso hasta llegar al puerto (Atalía) donde se dirigen a Antioquía (de Siria; antes visitaron Antioquía de Pisidia; todas ciudades edificadas en homenaje al gobernante Antíoco). El sentido de esta visita en el viaje de vuelta es confirmar la fe de las comunidades, “confortar los ánimos” (v.22). En este sentido –como más de una vez en Lucas-Hechos, el esquema es sencillo por seguir una estructura geográfica.

Notemos –brevemente- que según Hechos la predicación a los paganos es algo habilitado en la misión cristiana recién después de la “Asamblea de Jerusalén” (Hch 15,6-12), en este sentido, por más breve que sea geográficamente, el “primer viaje misionero” resulta fuera de lugar teológico. Es útil recordar, por otra parte, que Antioquía de Siria (la segunda o tercera ciudad de todo el imperio romano) era el lugar donde estaban asentados Pablo y Bernabé (como el centro de difusión misionero), y un lugar y comunidad altamente profundo en su teología. Sin duda Pablo (y Bernabé) ha aprendido allí muchísimo –y quizás lo más importante- de lo que será luego el punto de partida de su teología misionera. Por eso, luego de esta misión regresan allí y se quedan bastante tiempo (v.28, extrañamente omitido por la liturgia).

Dentro de la síntesis del pensamiento predicado en las comunidades resaltan tres elementos muy importantes en la teología de Lucas y particularmente en Hechos:

1.      Padecer (v.22). Del mismo modo que es comprensible que haya “tribulaciones a causa de la palabra” (Mt 13,21; Mc 4,17) los discípulos deben esperar tribulaciones para los tiempos de la predicación (Mt 24,9.21.29; Mc 13,19.24)  que ocurrirán “en el mundo” (Jn 16,33; cf. 16,21) y es frecuente en los predicadores (Hch 20,23). Es, por tanto, una consecuencia de los tiempos de predicación. En este caso, además, es algo por lo que deben pasar los predicadores “para entrar en el Reino de Dios”. Es sabido que el tema del “reino” es un tema central en los evangelios sinópticos, pero no es tan frecuente en Hechos. Sin embargo, no por haber sido relativizado (como veremos en seguida, el acento aquí es la predicación) sino que es presentado en lugares clave de Hechos (1,3.6 [comienzo del libro, Jesús a los suyos]; 8,12 [predicación de los Siete, en Samaría]; 14,22 [predicación de Pablo; en Asia]; 19,8 [predicación de Pablo, en Efeso]; 20,25 [entre los presbíteros, Pablo; 28,23.31 [conclusión del libro, el Evangelio en Roma]).

2.      Presbíteros (v.23).La importancia que tienen los “presbíteros” (= ancianos) en Hechos es evidente (x18). Es contrastante con el hecho de que el término no aparece jamás en Pablo. Esto es, precisamente coherente con la teología de Lucas-Hechos. Jesús envía el Espíritu sobre la comunidad reunida a fin de que prediquen a todas las naciones (1,8). Podemos decir que el objetivo de Hechos es mostrar cómo va “creciendo” la palabra (cf. 6,7; 12,24; 19,20). La palabra y el espíritu son los verdaderos protagonistas del libro. Pero esto supone un crecimiento geográfico (Jerusalén -  Judea y Samaría – hasta los confines de la tierra, 1,8) pero también la necesidad de “ministros”. Los doce no dan abasto (6,2-6) y eligen Siete, pero estos tampoco alcanzan, Bernabé y Pablo irán más allá de las fronteras de Judea y Samaría, pero tampoco ellos serán suficientes, y se eligen presbíteros (11,30; 14,23; 15,2.4.6.22.23; 16,4; 20,17; 21,18). Podemos ver que Lucas quiere mostrar que el Espíritu va haciendo como una suerte de cadena con eslabones: de Jesús a los Doce, luego los Siete, luego Pablo, y finalmente los presbíteros, así llega -en el tiempo y el espacio- la palabra a todos. Esto ayuda a entender por qué, por ejemplo, Hechos no llama a Pablo “apóstol”, o por qué no habla de casi ningún otro apóstol fuera de Pedro y Juan. Los “presbíteros” (importantes en tiempos de Hechos) son los continuadores de la misión eclesial de anunciar la Palabra, son los que muestran que el Espíritu sigue acompañando para anunciar el Evangelio. La “oración con ayuno” (v.23) resulta extraña, especialmente después que Jesús se manifestó en desacuerdo con el mismo, probablemente haya aquí una reminiscencia de un acto piadoso judío que –sin duda- Pablo también practicaría (ver Lc 2,37; Hch 27,9 –actos judíos- y 2 Cor 6,5; 11,27 –práctica de Pablo-).

3.      Paganos (v.27). El esquema de Hechos, aun luego de la Asamblea de Jerusalén es que los predicadores (Pablo particularmente) se dirige a una ciudad y allí predica a los judíos. Estos –salvo unos pocos- no aceptan el mensaje de Pablo y “entonces”, a partir de esto, comienza a dirigirse a los paganos. Es muy dudoso que fuera así la predicación histórica de Pablo, pero es coherente con Hechos. Aquí (v.19) los “judíos” (tener presente lo dicho porque puede caerse en lectura antisemita si se lee el texto de un modo “literal” descuidando el acento teológico de Hechos que es la predicación a los paganos)  con la multitud apedrean a Pablo pero este continúa la predicación. La comunidad de Antioquía –concluye Hechos- escucha que “se ha abierto la puerta de la fe a los paganos”.

Hechos de los apóstoles va mostrando el crecimiento de la Palabra, que se abre a los paganos y en eso muestra que el Espíritu sigue acompañando a la Iglesia en la misión, aún abierto a la novedad de elegir ministerios propios a fin de que el Evangelio del Reino llegue a todos los sitios y a todas las gentes.


Lectura del libro del Apocalipsis     21, 1-5ª

Resumen: en un franco contraste entre dos mujeres, dos ciudades, hay dos proyectos, el del dragón, encarnado por Roma (= Babilonia) y el de Dios, encarnado por la Esposa (= Jerusalén, la Iglesia). Uno es proyecto de destrucción y muerte; en el otro, nada negativo tiene lugar. Es proyecto de fiesta y de vida.


El libro del Apocalipsis –como lo son los libros de este tipo- es una invitación a la resistencia, a saber de qué lado está Dios en medio del conflicto desatado por la persecución del imperio al pueblo de Dios.

Se presenta –para ser genérico- como una serie de visiones nocturnas (de allí el parecido que suelen tener con los sueños) cada una con matices diferentes. En este casi estamos llegando al final de la obra. Con una introducción (19,6-10) nos presenta siete visiones del estado de perfección, que tienen claro contraste con las visones anteriores (también siete) del castigo a Babilonia (17,1-19,5). El contraste entre una unidad y la otra se puede ver claramente en el contraste entre 17,1-6a y 21,9-14:

Ap 17,1-6a
Ap 21,9-14
1 Entonces vino uno de los siete Ángeles que llevaban las siete copas
y me habló:
9 Entonces vino uno de los siete Ángeles que tenían las siete copas
llenas de las siete últimas plagas,
y me habló diciendo:
«Ven, que te voy a mostrar el juicio de la célebre Ramera,
que se sienta sobre grandes aguas,
 2 con ella fornicaron los reyes de la tierra, y los habitantes de la tierra se embriagaron con el vino de su prostitución».
«Ven, que te voy a enseñar
a la Novia, a la Esposa del Cordero».
3 Me trasladó en espíritu al desierto. Y vi una mujer, sentada sobre una Bestia de color escarlata, cubierta de títulos blasfemos; la Bestia tenía siete cabezas y diez cuernos.
10 Me trasladó en espíritu a un monte grande y alto y me mostró la Ciudad Santa de Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto a Dios,
4 La mujer estaba vestida de púrpura y escarlata, resplandecía de oro, piedras preciosas y perlas; llevaba en su mano una copa de oro llena de abominaciones, y también las impurezas de su prostitución,
 5 y en su frente un nombre escrito– un misterio–: «La Gran Babilonia, la madre de las rameras y de las abominaciones de la tierra».
  11 y tenía la gloria de Dios. Su resplandor era como el de una piedra muy preciosa, como jaspe cristalino.
 12 Tenía una muralla grande y alta con doce puertas; y sobre las puertas, doce Ángeles y nombres grabados, que son los de las doce tribus de los hijos de Israel;
 13 al oriente tres puertas; al norte tres puertas; al mediodía tres puertas; al occidente tres puertas.
6 Y vi que la mujer se embriagaba con la sangre de los santos y con la sangre de los mártires de Jesús.
14 La muralla de la ciudad se asienta sobre doce piedras, que llevan los nombres de los doce Apóstoles del Cordero.

Como se ve, el contraste está dado por dos mujeres, la gran ramera y la novia. Y esta imagen luego se trasladará a dos ciudades: Babilonia y Jerusalén.

Babilonia es la gran ciudad que destruyó Jerusalén y el Templo varios siglos atrás (587 a.C.), de allí que se aplique metafóricamente este nombre a Roma en varios escritos tanto judíos como cristianos, ya que en el año 70d.C. es la que destruirá Jerusalén y el Templo (así puede verse también en 1 Pe 5,13 y en apócrifos judíos como el 4º Esdras, por ejemplo: En el año trigésimo de la ruina de la ciudad, estaba en Babilonia yo, Salatiel, quien soy también Esdras; mientras estaba recostado sobre mi cama, me encontraba perturbado y mis pensamientos ascendían a mi corazón, porque vi la desolación de Sion y la prosperidad de los que vivían en Babilonia” (4Es 3:1-2).

 Es en este contexto que debemos entender la lectura que presenta una de estas siete visiones de  la plenitud. Como es propio en el Apocalipsis, el texto está cargado de textos del A.T. releídos cristológicamente. La unidad parece ir hasta el v.8 pero la liturgia la interrumpe en la primera parte del v.5; en v.6-8 se presenta (una vez más) el que habla –nuevamente en referencia al A.T. y anuncia “premios y castigo”, sea a los que no viven coherentemente (nos presenta un característico “catálogo de vicios”) como a los que –como Jesús (6,2), que es el vencedor (cf. 3,21), resulten también ellos “vencedores” (v.7). El texto litúrgico se limita a la visión (y audición) sin su correspondiente interpretación.

La primera imagen es la de u “cielo nuevo y tierra nueva” en contraste con los “primeros”; la referencia es a Is 65,17. Es sabido que en muchos momentos bíblicos –especialmente en tiempos de crisis- se pone la confianza y la expectativa en un futuro ideal que será como eran –también ideales los tiempos originarios. Se empieza (tiempos del exilio en Babilonia) a profundizar la idea de “dios creador” y –puesto que hay una estrecha relación entre “crear el universo” y “crear un pueblo”-  a acentuar la importancia de la “novedad”. Es como que los tiempos futuros que se sueñan han de ser tiempos ideales, tiempos en los que la intervención de Dios será siempre favorable. Pero cuando comienzan los tiempos apocalípticos, la imagen y esperanza en el futuro para a ser más tajante: el espacio se divide claramente entre “buenos” y “malos”, y en ese tiempo esperado éstos últimos no tienen cabida. Ese “mundo viejo” desaparece definitivamente. Eso es lo que “ve” el vidente en este texto.

Es llamativo que la nueva creación no tiene “mar”. El mar (x26) es frecuente en Apocalipsis, En 12,12 es lugar del Diablo, y del mar es que surge “la Bestia” (13,1), por eso es lugar de muerte (16,3), es el lugar de la opulencia de “la gran ciudad” (= Babilonia, 18,19), es el lugar de la muerte (20,13). Es razonable, entonces, que en la nueva creación no haya mar, como no habrá santuario (21,22), ni sol ni luna (21,23), las puertas no cierran (21,25), no entrará nada profano (21,26), no hay maldición (22,3) ni noche (22,5).

Esta nueva creación tiene una nueva ciudad que baja de Dios(en contraste con la otra que “sube del abismo” (17,8), con vestido de novia (ver 19,7). La tradicional imagen de Dios esposo de su pueblo Israel es importante en el AT desde Oseas (2,4-25), una vez más, una imagen de Dios del AT es traspasada a Cristo por el apocalipsis. El nuevo pueblo (las puertas son 12, las 12 tribus [v. 12], los 12 apóstoles del Cordero [v.14]) es la Iglesia (v.9) lo que se destaca como imagen de todo el libro: un “canto litúrgico y esperanzado del Espíritu y la novia que dicen “ven” (22,17).

Este pueblo que se aproxima es la ”morada de Dios con los hombres” (v.3). Es interesante destacar que en el profeta Ezequiel nos encontramos con un doble momento que parece marcar una importante inflexión en su palabra. En un primer momento, un grupo de la elite de Jerusalén es llevado cautivo a Babilonia (año 597 a.C.), Ezequiel entre ellos, pero Jerusalén y su Templo sigue en pie. Sin embargo, diez años más tarde (587 a.C.) el Templo es destruido. Ezequiel hace referencia a esto señalando que la gloria de Dios estaba en Jerusalén, pero que en cuanto el templo fue destruido, la gloria se trasladó (es la imagen que algunos miran desconcertados en Ez 1,4-28) y se ubicó donde está su pueblo. Dios está ya no en un templo, sino donde están los suyos: “Haré con ellos una alianza de paz, alianza eterna pactaré con ellos. Los estableceré, los acrecentaré y pondré entre ellos mi santuario para siempre; tendré mi morada junto a ellos, yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo. Y sabrán las naciones que yo soy el Señor que consagra a Israel, cuando esté entre ellos mi santuario para siempre” (Ez 37,26-28).

En este encuentro pleno entre el Cordero y su novia, entre Dios y su pueblo ya no hay lugar para el dolor, se trata de una gran fiesta: “El Señor Todopoderoso ofrece a todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos añejados, manjares deliciosos, vinos generosos. Arrancará en este monte el velo que cubre a todos los pueblos, el paño que tapa a todas las naciones; y aniquilará la muerte para siempre. El Señor enjugará las lágrimas de todos los rostros y alejará de la tierra entera la humillación de su pueblo –lo ha dicho el Señor–. Aquel día se dirá: Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara: celebremos y festejemos su salvación”. (Is 25,6-9).

Por eso, porque “el mundo viejo ha pasado”, se destacan nuevas cosas que ya no habrá: Ya no habrá muerte ni pena ni llanto ni dolor. Todo lo antiguo ha pasado (Ap 21,4).

El trono es un término característico del Apocalípsis (x62 en NT, x47 en Ap [ver especialmente la visión de caps. 4-5]). Salvo la referencia a Satanás (2,13), la Bestia (= Roma) tiene un trono que le dio “el dragón” (= el diablo; Roma es el gran instrumento del diablo, en Apocalipsis [cf. 13,2; 16,10]) el trono es del Cordero (ver el contexto en 20,11.12; 22,1.3).

La Bestia es la que destruye “este mundo” y lo suyo es muerte y destrucción, lágrimas y llanto; y el Cordero es el que hace nuevas todas las cosas (21,5), lo suyo es la fiesta y la vida plena.



Evangelio según san Juan     13, 31-33a. 34-35


En el cap. 13 comienza la segunda parte de todo el Evangelio de Juan; mientras en la primera Jesús realizaba signos que anticipan su manifestación, esconden su gloria, ahora –al llegar la hora (13,1)- la gloria de Jesús se manifiesta claramente. Luego de una breve introducción, Jesús realiza un gesto que marca el sentido de toda la unidad: hacerse servidor (13,2-20); en este contexto Jesús anuncia la traición de Judas (13,21-30) y luego de un breve discurso se anuncia la defección de Pedro (13,36-37). Luego, a partir del cap. 14 nos encontramos con un largo discurso de despedida que finaliza con la ida al huerto (18,1; cf. 14,31) donde comenzará la pasión. Mientras los discursos anteriores tenían destinatarios diversos (y particularmente los últimos, destinatarios conflictivos), este largo discurso es “a los suyos” (13,1). Es frecuente en el judaísmo contemporáneo la existencia de obras literarias conocidas como “testamentos”. Esto es un largo escrito de un autor supuesto (generalmente grandes personajes históricos) que está por morir y deja entonces un “testamento espiritual” a sus hijos (discípulos) como una suerte de herencia en la medida en que eviten los vicios del personaje en cuestión o que imiten sus virtudes. En ese sentido, el texto aparece como una suerte de testamento en la que Jesús está por irse (por eso “despedida”), y entonces invita a los suyos a seguir su ejemplo y de ese modo continuar su presencia en el presente. Este es –evidentemente- el trasfondo del texto litúrgico que hoy.

Este pequeño discurso entre los anuncios de la traición y las negaciones es el texto que hoy nos presenta la liturgia (con la omisión de gran parte del v.33). Lo que se omite es la referencia a la “ida” de Jesús, su incomprensión por parte de los “judíos” y su también incomprensión por parte de los discípulos que prepara el diálogo con Pedro que afirma que lo seguirá.

Por otra parte, este pequeño discurso prepara la temática general de toda la gran unidad discursiva 14-17.

Cinco veces encontramos la idea de la “gloria” en los primeros 2 versículos (vv.31-32) [aunque los mejores manuscritos omiten la primera frase del v.32 y debería excluirse del texto leído]. Toda la segunda parte (omitiendo la idea de la partida, como se ha dicho) destaca la centralidad del amor “los unos a los otros” (vv.34-35).

La gloria, en la Biblia, es la manifestación de Dios; Dios se manifiesta en la historia, en diferentes acontecimientos en los que los suyos estamos invitados a reconocerlo. El Evangelio de Juan es una gran manifestación de Jesús “para que crean” (20,31), sin embargo, en toda la primera parte (caps. 1-12) Jesús se manifiesta por signos. Estos esconden algo de la gloria de Dios, y los que creen sabrán reconocerla (cf. 2,11), el que cree verá la gloria de Dios (11,4.40). Pero “ahora” que “ha llegado la hora” (esto es la Pascua) de entregar la vida, en ese amor extremo de Jesús (13,1; cf. 12,23) la gloria se manifiesta. Esta gloria es mutua, es gloria del Hijo y del Padre (v.31; el uso del pasado en un momento puntual parece referir a la Pascua), y en esta gloria del Padre, Jesús es glorificado (v.32, el futuro parece aludir a su encuentro definitivo con el Padre) lo que ocurrirá “pronto” (la escena del huerto). Es en la Pascua donde se manifiesta el amor pleno. Y donde se hace “visible” la gloria. En Jesús, Dios revela su gloria; en su amor extremo (ver 14,13).

El modo de continuar la presencia de Jesús –que partirá- es recibir el “mandamiento”. El tema es característico de Juan (x7 y x18 en las cartas). Lo que “manda” es el amor mutuo (agapaô) a semejanza de su mismo amor, es decir amor total y extremo (13,1) hasta dar la vida por los que uno quiere (filein, 15,13. Recordar que en general, en Juan agapaô y fileô son verbos intercambiables).

Los mandamientos en el AT son expresión de la alianza, es decir, Israel manifiesta su ser pueblo de Dios viviendo de la manera que Dios le ha encargado, “mandado”. Al presentar el amor como “mandamiento” (algo ciertamente extraño) debemos remitirnos al contexto de la alianza. Jesús se presenta como la fuente del amor verdadero.

“Los unos a los otros”, en Juan es evidentemente a los miembros de la misma comunidad. En este caso concreto, no se refiere al amor a los de “fuera” (eso lo encontramos en otros textos). Algo del estilo se encuentra en Qumrán: «amar a todos los hijos de la luz, a cada cual conforme a su parte en los designios de Dios, y odiar a todos los hijos de las tinieblas, a cada cual conforme a su culpa y el lugar que le corresponde en la venganza divina» (1QS 1,9-11); pero hay que notar que una vez que uno pertenece a la comunidad de Qumrán, “debe amar a su hermano”; en Juan, en cambio, si uno ama, pertenece a la comunidad.

Es importante notar que Juan no habla de dos mandamientos principales (amor a Dios y al prójimo) como es propio de los sinópticos, sino sólo del amor “a los hermanos”. ¿En qué se puede señalar que este mandamiento es “nuevo”? Precisamente la idea de la alianza remite a Jer 31,31 (cf. Lc 22,20): una “nueva alianza”. Siendo que Israel “conoce” el amor de Dios (Dt 7,6-8), la novedad debe verse en la manifestación (gloria) del mismo Dios en Jesús. Jesús es la novedad del amor de Dios, y en Jesús queda sellada la nueva alianza manifestada en el mandamiento del amor. El amor, así vivido, hasta el extremo del servicio (= lavatorio de pies, “unos a otros” [como el amor los “unos a los otros”] 13,14) es un desafío y un testimonio ante el mundo, y así todos podrán “ver” a Jesús vivo en sus herederos.

No podemos concluir sin recordar un testimonio muy importante de un antiguo Padre de la Iglesia que ilustra este discurso de Jesús:

«Somos un cuerpo unido por una común profesión religiosa, por una disciplina divina y por una comunión de esperanza. Nos reunimos en asamblea o congregación con el fin de recurrir a Dios como una fuerza organizada. Esta fuerza es agradable a Dios. Oramos hasta por los emperadores, por sus ministros y autoridades, por el bienestar temporal, por la paz general (...).

Aunque tenemos una especie de caja, sus ingresos no provienen de cuotas fijas, como si con ello se pusiera un precio a la religión, sino que cada uno, si quiere o si puede, aporta una pequeña cantidad el día señalado de cada mes, o cuando desea. En esto no hay coacción alguna, sino que las aportaciones son voluntarias, y constituyen como un fondo de caridad. En efecto, no se gasta en banquetes, bebidas, o en despilfarros mundanos, sino en alimentar o enterrar a los pobres; en ayudar a los niños y niñas que han perdido a sus padres y sus fortunas, a los ancianos confinados en sus casas, a los náufragos, a los que trabajan en las minas o están desterrados en islas o prisiones. Éstos reciben pensión a causa de su fe, si sufren como seguidores de Dios.

Pero es precisamente esta eficacia del amor entre nosotros lo que nos atrae el odio de algunos que dicen: miren cómo se aman, mientras ellos se odian entre sí. Mira cómo están dispuestos a morir el uno por el otro, mientras ellos están dispuestos, más bien, a matarse unos a otros. El hecho de que nos llamemos hermanos lo toman como una infamia, sólo porque entre ellos, a mi entender, todo nombre de parentesco se usa con falsedad afectada. Sin embargo, somos incluso hermanos de ustedes en cuanto hijos de una misma naturaleza, aunque ustedes sean poco hombres, pues son tan malos hermanos. Con cuánta mayor razón se llaman y son verdaderamente hermanos los que reconocen a un único Dios como Padre, los que bebieron un mismo Espíritu de santificación, los que de un mismo seno de ignorancia salieron a una misma luz de verdad (...), los que compartimos nuestras mentes y nuestras vidas, los que no vacilamos en comunicar todas las cosas. Todas las cosas son comunes entre nosotros, excepto las mujeres: en esta sola cosa en que los demás practican tal consorcio, nosotros renunciamos a todo consorcio…» (Tertuliano, [+220])


Dibujo tomado de http://unanilloparados.blogspot.com/2011/04/amados-hasta-el-extremo.html

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