lunes, 10 de junio de 2013

Periodistas, comunicadores, propagandistas y mercenarios


Periodistas, comunicadores, propagandistas y mercenarios


Eduardo de la Serna



A raíz del “día del periodista” me había decidido a escribir sobre el tema, en especial después de haber saludado a amigos/as y conocidos/as en el oficio. Pero la excelente nota de Eduardo Aliverti hoy [10 de junio 2013] en Página 12 (http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-221968-2013-06-10.html) me hizo dudar. ¿Qué podría decir después de eso? Sin embargo, me decidí de todos modos, pero ya no para aportar algo, sino para saludar a muchos/as y homenajear a algunos/as.

Imagino que periodista viene de “periódico”, y por tanto de alguien que escribe / habla periódicamente en un medio de comunicación frecuente. Los medios de comunicación han variado y siguen variando, hasta el punto que los que “escriben periódicamente” es su Facebook, Tweeter o tienen (tenemos) un blog pueden creerse –y literalmente puede decirse son- “periodista”.

Me permito empezar con una analogía, que puede ser ilustrativa. Más de un joven, encerrado en su melancolía adolescente, y su depresión por no encontrar todavía respuesta a ‘quién soy y quién no soy’, se pone a garabatear letras, y luego afirma que está escribiendo “poesías”. Y sin duda eso que él/ella escribe es valioso, importante para buscarse y encontrarse, pero parece una exageración (al menos habitualmente) llamarlo “poesía”. Poesía supone un “poeta” y –en lo personal- tengo un respeto reverencial por “el/la poeta/isa”, creo que muy pocos (¡muy! pocos) son merecedores de ese nombre casi sagrado. Creo (sigo hablando a modo personal) que un poeta es una suerte de profeta de la vida y el ser (Heidegger es el que decía que “cuando el filósofo no nombra al ser, el poeta lo canta”), y que muy pocos/as dan la talla. Eso no significa en lo más mínimo ignorar que cualquiera tiene derecho a escribir, a expresarse, e incluso a hacerlo de “modo poético”, o en verso (basta ver este blog para confirmarlo; y recordar que expresamente los hemos titulado “versos”, jamás “poesías”). Sintetizando: aunque la palabra “poesía” se la apliquen muchos o a muchos, creo que a la inmensa mayoría de esos tales, les queda demasiado grande el término. Y eso es casi una ofensa para los Juan de la Cruz, Neruda, Machado, Miguel Hernández, Gabriela Mistral y tantos/as. Y algo muy parecido puede decirse del término actor/triz, que con tanta (¡tanta!) generosidad se relata en nuestros días a cualquiera que hace su breve y exigua aparición en los medios, y también parece una ofensa leer u oír que se llame actor o actriz a cualquiera que darían vergüenza a Charlie Chaplin, Robert de Niro, Dustin Hoffman, Lawrence Olivier, Liv Ullmann o Meryl Streep (por mencionar en todos los casos extranjeros a fin de evitar debates nacionales innecesarios). Y lo mismo podría decirse de términos como “músico” (¡¡¡perdón Tchaikovsky, Mozart…!!!) o “pintor” (¡¡¡y más perdones a Leonardo, Caravaggio, Picasso!!!). Y repito por si hiciera falta que no le niego a nadie el derecho a expresarse pictórica, musical o literariamente. Simplemente creo que a la mayoría le queda grande, ¡muy grande!, el adjetivo.

Y volviendo al periodismo, me pregunto si no ocurre lo mismo con el término “periodista”.  ¿No le queda demasiado grande el título a muchos/as? Y veamos algunas cosas: la calidad periodística de alguien no puede medirse –de ninguna manera- por el rating, o por el “marketing”. Eso es “mercado” que es otra cosa. Es sabido que uno de los mayores sueldos en la década menemista en la TV lo tenían una pareja que simplemente leían las noticias, las “comunicaban”. Lo que importaba, en este caso, era que “comunicaban bien”, no lo que decían, ya que se limitaban a leer un “guion” que otros habían escrito. ¿Eran periodistas? Pues tenían “fama” de tales, pero pareciera que no “publicaban” nada, aunque hacían “público” un texto.

Pero si de hacer público, de “comunicar”, hablamos no podemos ignorar que uno de los personajes centrales en este juego de la comunicación es el/la publicista. Este hace llegar al público aquello que quienes lo han contratado pretenden que llegue, a fin de que sea “comprado” (y nuevamente entramos en el mercado). Se dice que un buen publicista no vende lo que el público desea sino que hace desear lo que el empleador quiere vender. Pero en cierta manera, seguimos en el mismo “terreno” de publicar periódicamente. Y esto vale para un alimento, un producto electrónico o un político. El objetivo es que el “público” compre (o aborrezca) el producto que se quiere vender (o rechazar el de la competencia). Obviamente lo fundamental es que se crea en la bondad de lo que se vende (o la maldad de lo que se desea que no se compre), y para eso se deben exaltar las cualidades (o resaltar los defectos de la competencia), aunque no sean tales. Todos hemos tenido la experiencia de productos maravillosos que nos vendió la publicidad y fueron comprados a pesar de su inutilidad (y valga para un automóvil, el Windows 8 o Fernando de la Rúa). Me he detenido en esto porque es evidente –y nuestra historia lo ha palpado- en que muchas veces se viste de “periodista” quien es en realidad un publicista. La apariencia es idéntica, el objetivo no.

Creo que es evidente que no existe el periodismo “objetivo” o “independiente”. Yo escribo como cristiano, y por tanto, trato de mirar la realidad desde “el Evangelio”, y –además- porque creo que Jesús nos enseña a mirar desde los pobres, porque de ellos es el Reino, pues pretendo mirar, pensar y hablar “desde los pobres”. Ese es mi “lugar”. Y creo que nadie escribe sin un lugar, por más microscópico que este sea. Tengo ideología (¿hay alguien que no la tenga?) y obviamente miro y pienso desde ese lugar. Y me parece muy sano saber cuál es la ideología o el “lugar” desde el que otros hablan. No para estar de acuerdo, por supuesto, sino para entender y saber hasta dónde se puede dialogar. En lo personal, por ejemplo, me cuesta mucho escuchar, leer, o dialogar con quién desprecia a los pobres. No con quien mira desde “los ricos” y cree honradamente que eso también es bueno para los pobres, aunque no esté de acuerdo en nada, y discutamos “hasta el día del juicio”. Lo mismo me ocurre con los que tienen actitud “anti” cristiana, debo confesarlo. Insisto, no con no-cristianos, que muchos/as amigos/as míos lo son; me refiero a los “anti”. Dicho esto, me choca en exceso los que dicen, creen, o afirman ser periodistas “independientes” u “objetivos”. Creo que eso no existe, y entonces creo que se engañan, o nos engañan. Y eso es preocupante para quienes “publican periódicamente”.

Yendo a lo concreto, creo que hay periodistas muy honrados en todas partes, y periodistas que se han vendido como productos de mercado, en todas partes. Y no me refiero a quienes han cambiado de opinión con el tiempo, ya que es normal en el ser humano crecer, madurar, cambiar, saltar, frenar, mudar… pero muchas veces hay cambios que no parecen el fruto de una honrada búsqueda sino de una compra, o una venta. Creo, también, que hay periodistas que están en un lugar del cual no me interesan demasiado sus opiniones, y hay quienes aportan y ayudan a pensar. Aclaro desde el vamos que –precisamente por valorar lo que ser “periodista” supone, no considero “periodistas” a los de espectáculos, deportivos, o de chimentos, o del clima. No digo que no informen (no todos con objetividad, ya que hay “publicistas” disfrazados de tales, como es evidente; recuerdo las declaraciones del presidente de un club europeo al comprar un jugador de fútbol que toda la vida consideré “inflado”, por el “periodismo”, cuando dijo “me vendieron una Ferrari y compramos un Fiat 600”, o el rol de Darín en “el mismo amor, la misma lluvia”, cuando exige dinero para publicar una crítica positiva de una obra de teatro, cosa que me consta en lo personal que ocurre).

 Creo, entonces, que hay una estrecha relación entre el “periodista” y la “verdad” (o la mentira). Absurdo sería afirmar que conozca y comunique “toda la verdad”, pero una cosa es la “verdad” mirada desde su “lugar”, su “ideología”, y su propia capacidad de comprensión, y otra es la verdad disimulada, disfrazada, caricaturizada (que el caturicaturista también es comunicador, evidentemente). Cuando el “comunicador” omite, disfraza, o directamente miente, está en las antípodas del periodismo, y se parece así al mercenario; es decir, aquel que trabaja por la paga, y no le importa el mandante, la trinchera o el “lugar”, sólo la paga. Muy abundante, por cierto. No me siento capaz de “juzgar” la honestidad de la gran mayoría de los comunicadores, aunque me cuesta muchísimo creerla en algunos/as, pero sí elijo. Elijo leer y escuchar a aquel y aquella que me ayuda a pensar, a tener una mirada más amplia. Esté en el lugar que esté, salvo aquellos “lugares” que simplemente no me interesan, aunque sean gente seria y honrada.

Sintetizando… creo que llamar “periodista” a alguien debería ser demasiado mesurado: personas como Mariano Moreno, Rodolfo Walsh, José María Pasquini Durán, por mencionar los muertos, y sin olvidar a tantos y tantas Periodistas (con mayúsculas) que conozco, respeto y de los que en algunos casos, soy amigo, ellos no lo merecen. Y confundir “periodista” con raiting me parece tan vergonzoso que no merece análisis. Basta recordar a Bernardo Neudstat que de ser “estrella” pasó sus últimos años mendigando un espacio por haber pasado de la gran credibilidad al rol de “innecesario” (por los mismos que lo exaltaban y pagaban), aunque irónicamente haya muerto “el día del periodista”.

Vaya entonces mi saludo a aquellas y aquellos que ayudan a pensar, que son honrados con lo real, que aportan una mirada y dialogan con otras perspectivas, aquellos que tienen más preguntas que certezas, aquellos que no se confunden con ser propagandistas, caricaturistas o mercenarios, ni siquiera comunicadores, sino que pretenden prestar un “servicio” en el mejor conocimiento de la verdad. A ellos mis respetos, abrazos y felicitaciones no sólo en su día, sino en la difícil, y tan debatida responsabilidad de “periódicamente” publicar una palabra necesaria.

Foto tomada de http://canovaseloy.blogspot.com/2012_11_01_archive.html

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