jueves, 2 de enero de 2014

La vida amenazada



La vida amenazada

Eduardo de la Serna



Sin entrar en los clásicos cuatro elementos de la antigüedad (a los que hemos dedicado nuestro pesebre parroquial, y puede verse en el blog) me quisiera detener en dos de ellos.

El agua es vida. Es refresco, limpieza, saciedad. Un desierto, visto como espacio sin agua, es precisamente expresión de la falta de vida, escasa vegetación, poca presencia animal. No es por azar que los antiguos grupos migrantes se asentaran en lugares donde tuvieran garantizada el agua. Con ella “venían” las plantas y animales. Es decir, el alimento. Pozos, aljibes, arroyos son lugares, a su vez, de encuentro: cuando bajaba el sol, las mujeres del pueblo se encontraban en el pozo para llevar los cántaros con la vida líquida. Y por eso, el pozo era también lugar de vida compartida en la conversación y el chisme. No es casualidad que es junto a un pozo que Jesús se encuentra con una mujer –que va en horas de calor a buscar agua, lo que permite suponer que no quería encontrarse con otras- y en el diálogo con ella se auto-revela como el dador de agua viva (Juan 4,10.14), y de un agua tal que sacia toda sed, hasta el punto que ya no tiene necesidad de volver a beber. Cuando en el diálogo con él la mujer empieza a encontrarse y reconocerlo, corre a la ciudad a buscar a los habitantes (aquellos con los que no quería encontrarse) para decirles que ha saciado su sed. Hasta el punto que deja el cántaro en la fuente (4,28).

El fuego es luz y calor. Ilumina la oscuridad, que es donde ocurren las cosas impensadas, los robos, las fuerzas “oscuras” del mal, el fuego permite ver, y cocer los alimentos. No es tampoco por azar que el fuego era de los dioses hasta que Prometeo se lo roba para entregarlo a los seres humanos, por lo cual será castigado, o que la luz es la primera creación de Dios en el Génesis (1,3). El fuego aplicado sobre víctimas permite introducirlos en el ámbito de lo divino (= holocausto), y más de una vez es el medio usado por el Dios bíblico para manifestarse a su pueblo, en una zarza o una columna. También es imagen de purificación ya que el fuego purifica los metales. En la alianza cristiana es visto como signo de la luz del Espíritu Santo, y Jesús bautizará con Espíritu y fuego, y el descenso en Pentecostés es con forma de lenguas de fuego. La imagen del fuego y la purificación hace que se desprenda de la imagen de la luz (especialmente en Pablo y Juan) a pesar que no hay luz sino por medio del fuego o el sol (ver Mateo 5,14-15), de allí que prefieran más la imagen de la luz que la del fuego. En ese sentido, la luz es vida. “Dar a luz” un/a hijo/a es claramente que el/la niño/a nazca a la vida, por eso “la vida era la luz de los hombres” (Juan 1,4). Para el Evangelio de Juan, sólo Jesús es “la luz del mundo”, y los testigos, como Juan, son reflejo de la luz, los que deben mostrarla, pero no son ellos la luz (1,8). La luz también se manifiesta como purificadora porque los que son “de las tinieblas” escapan de la luz (3,19-21). Como ocurre con el “agua viva”, el que siga a Jesús no caminará en la oscuridad sino que tendrá “la luz de la vida” (8,12).

Me he detenido en esto porque es evidente que Juan para revelar a Jesús quiere ir a lo más hondo de los elementos vitales de la humanidad y mostrar que Jesús los plenifica (también lo dirá del pan, el camino y la vida misma…). Simbólicamente, decir luz, decir agua es decir vida. Y, no parece que sea por azar, muchos argentinos terminamos el año sin luz y sin agua. La vida misma –simbólicamente- era amenazada (los que en ese mismo contexto hemos padecido además un incendio lo hemos sentido doblemente). Queda por saber cuánto hay de responsabilidad humana directa (y –además- cuándo vamos a enfrentar seriamente los seres humanos el cambio climático y las causas). En lo personal tengo la intuición que hubo personas y grupos muy interesados en crear un profundo clima de malestar ya empezado por los pseudo-saqueos. Ya hace tiempo somos conscientes en nuestro barrio (zona de Edesur) que en tiempos pre-electorales abundan los cortes de suministro eléctrico, como si hubiera una clara intención de crear malestar, y por tanto influir en las decisiones. Cortes que post-electoralmente “milagrosamente” desaparecen. Sería de desear que se realicen investigaciones exhaustivas, ¿no son los prestadores (que no prestan, precisamente) de servicio eléctrico los que se beneficiarían con una mega-devaluación, los que sacaron provecho de las perversas privatizaciones menemistas?, y es de desear que los responsables sean sancionados severamente. Lo cierto es que el malestar existió –y sigue- y quienes no creemos que el azar (o el destino) sea el generador de políticas de la vida humana, nos cuesta mucho no pensar que hubo y hay mentes inescrupulosas y sin límites ante la vida humana que sólo miran sus propios intereses, sus beneficios, aunque esto signifique dejar a medio país sin agua, sin luz… sin vida.


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