sábado, 8 de febrero de 2014

Presencia del Espíritu



El soplo del Espíritu y el brote pequeño


Eduardo de la Serna


Aunque creamos en la presencia y actividad del Espíritu Santo en la comunidad eclesial (¡y creemos!) ciertamente hay que reconocer que se trata de un tema muy complejo. Más de un fundador afirmó que “esto” le fue dicho por el Espíritu Santo, y –debemos reconocerlo- a partir de allí la discusión queda clausurada. Si se cree, no hay debate; y si no se cree, tampoco.  Más de una vez en la historia han ocurrido oportunas “revelaciones divinas” que venían como “anillo al dedo” al fundador y evitaban todo debate posterior (o cónclaves). 

El tema ya era un punto de arduo debate en la Biblia; por ejemplo, ¿cómo saber si un profeta era verdadero o falso? Si ese tal decía que Dios le dijo que diga tal cosa, ¿cómo podría saber el auditorio que realmente era Dios quien le había hablado? Para ser precisos, en la Biblia no hay una respuesta acabada a este tema, hay respuestas de ocasión o circunstancia, pero no una respuesta que dé el tema por concluido. Es que no hay manera de estar seguros que “Dios ha hablado”. San Pablo también enfrenta este tema poniendo como criterio autoritativo su palabra: si uno cree tener el espíritu, yo también (1 Corintios 14,37), pero el tema tampoco queda “cerrado”. 

Un elemento semejante es el de la “bendición”. Alguien goza o no de la “bendición” de Dios, pero eso si es visible y –por lo tanto- constatable aparentemente. ¿Qué es la bendición divina? Es una manifestación de la vida. Dios bendice y los campos dan cosechas, los ganados crías, las mujeres tienen hijos… En esa misma línea de pensamiento, la sequía, por ejemplo, es manifestación evidente de que Dios ha retirado su bendición, lo mismo que la infertilidad de las mujeres. Es cierto que este tema también se ha prestado a diversas lecturas; Jesús mismo afirma que Dios envía la lluvia y el sol sobre “buenos y malos” (Mateo 5,45), o también hay mujeres estériles (Sara, Ana, Isabel…) que aparentan ser maldecidas, pero no lo son, sino que se está a la espera del “momento” en el que Dios “abrirá su seno” para que el hijo que será engendrado en ella sea decisivo en la historia de su pueblo (Isaac, Samuel, Juan, el bautista). De todos modos, esa aparente bendición o no suele estar marcada en muchos casos por la gratuidad: Dios miró propicio la ofrenda de Abel y no la de Caín sin que se nos diga en ningún momento por qué uno sí y el otro no (Génesis 4,4-5). Pero sintetizando, la bendición de Dios se manifiesta como abundancia, como vida.

Esto ha llevado a lecturas muy graves como ya Max Weber lo señalaba del calvinismo (en realidad de una lectura muy parcial del calvinismo): Dios bendice en los bienes, por tanto el que tiene muchos bienes es bendecido por Dios y el que no los tiene es rechazado. Esta “teología de la prosperidad”, que tiene sus adeptos en nuestros días, no se parece en nada a los dichos y la praxis de Jesús de Nazaret. 

Pero esto no responde la pregunta inicial: ¿cómo o dónde se manifiesta visiblemente la presencia del Espíritu? Ambas “puntas” del tema son peligrosas: la institucional en la que es “la autoridad” la que reconoce la presencia, o la carismática que se cree poseedora indiscutida. Y acá nos aproximamos a un tema de rigurosa actualidad eclesial. Muchos sectores de seria pobreza teológica afirman que la abundancia de vocaciones en tal o cual instituto o seminario son evidente “prueba” de la bendición divina (algo particularmente importante en tiempos de escasez de vocaciones). Con este criterio, los legionarios de Cristo, el Instituto del Verbo encarnado, o algunos seminarios diocesanos como más de uno en Colombia, serían “evidentemente” manifestación de lo que Dios quiere (algo doblemente rubricado si “conseguimos un mártir o una canonización para el grupo”). Y acá la pobreza. Hay cientos de razones psicológicas, culturales, sociales que pueden dar serias y acabadas razones a la abundancia de vocaciones en estos y otros institutos semejantes. Una psicología débil que precisa de “autoridades” que con toda “seguridad” le marquen caminos manifestando sin dudas “lo que está bien y lo que está mal” se parecen más a algo patológico que a una manifestación del Espíritu. Los gravísimos temas –hoy nuevamente vigentes- en torno a los Legionarios de Cristo y a la perversión de su Fundador, Marcial Maciel, protegido del papa Juan Pablo, no hacen sino manifestar visiblemente que es difícil reconocer presencia del espíritu en abusos sexuales, perversiones económicas, plagio intelectual, abusos de poder y uso de drogas. Difícil ver allí el espíritu, aunque durante décadas lo dijeron y durante décadas aparecían como “bendecidos” por Dios vocacionalmente. Y esto puede decirse también de otros casos (otro grupo, este brasileño, también se ha caracterizado por abusos del fundador a varones y mujeres aprovechando su “carisma” y la presencia del “espíritu” y la debilidad psicológica de las víctimas y se está a la espera de la sentencia).

¿Dónde sopla el Espíritu? El Nuevo Testamento nos da elementos bastante evidentes: el espíritu revela las cosas del Reino a los “pequeños”, su presencia se manifiesta en “amor, alegría y paz”, recurriendo a Pablo (Gálatas 5,22), Dios está reinando en los pobres y los niños, y se hace presente en el hambriento, el sediento, el enfermo, encarcelado, el Espíritu es el “padre de los pobres” (Secuencia de Pentecostés)… Curiosamente, los pobres, los pequeños, suelen ser víctimas de estos grupos o de esta teología de la prosperidad (alguna que –además- les reitera que para salir de la maldición deben entregar diezmos interminables para que “Dios los prospere”, diezmos al pastor o cura de turno, por cierto). 

La “inasibilidad” del Espíritu viene complementada en los Evangelios con la “encarnación” del Hijo; encarnación que se manifiesta en la actitud ante los pobres, los niños, las víctimas. Y esto sí es visible, palpable.

La Iglesia reconocerá en nuestros días la presencia del espíritu y la bendición de Dios, no en el esplendor y la seguridad de ciertos grupos, y sus cantidades y millones, sino en la libertad de otros entregados generosamente a los despreciados, abiertos a la libertad y la novedad del reino y la buena noticia a los pobres; aunque unos sean escasos y los otros cientos. No se trata de milicias, o legiones… se trata de levadura.


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