martes, 22 de julio de 2014

Tres notas sobre el absurdo



 Tres notas sobre el absurdo

Eduardo de la Serna

 

I.                    Muertos malos, muertos buenos, o “no ver”


Es interesante las distintas reacciones que se suscitan ante la muerte. Para empezar, y siendo sinceros, hay muertes que se lloran, pero hay muertes que se celebran; hay muertes que nos conmueven y hay muertes ante las que somos absolutamente indiferentes. Y no es cuestión de raiting, precisamente. Ya se ha comentado los más de 4.000.000 de muertos en el África del Congo y países limítrofes a causa del coltán, el oro, los diamantes, y la indiferencia absoluta de la sociedad ante eso. Sintetizando y caricaturizando un poco podemos decir que “no importan, ¡total son negros!” Valen mucho más 40 muertos blancos en un atentado que esos 4.000.000. 

Hoy miramos absortos como un grupo – y en este momento no interesa, para el análisis, quienes serían los responsables – derriba un avión de pasajeros. El tema es que la muerte del enemigo no sólo no duele, aunque se trate de civiles y personas que nada tienen que ver con el conflicto, sino que hasta si no se celebra, al menos se la comprende, justifica y hasta disimula. Y, mucho más grave aún, lo que está sucediendo en la Franja de Gaza es absolutamente repudiable. No solamente el genocidio, la matanza de civiles y de niños, sino la indiferencia absoluta de Occidente, y particularmente la impunidad genocida del Estado de Israel (no “los judíos”, aclaro) sabiendo que en el peor de los casos cuenta con el “veto” de los EEUU en el Consejo de Seguridad de la, cada vez menos justa, Organización de las Naciones Unidas. La muerte de negros, de palestinos, de pobres lamentablemente “vale” mucho menos, hasta casi nada, ante los que manejan el mundo y toman las decisiones. 


II.                  “Ella se lo buscó”, o “no gritar”


Hace muchos meses, en un estacionamiento de un restaurante importante del centro de Bogotá, una joven fue violada. La repercusión fue mínima porque ante la sociedad ella se lo había buscado: vestía provocativamente, casi como una prostituta. Ahora en pleno centro de Buenos Aires, en una fiesta, que seguramente no ha de haber sido una a la cual me hubiera gustado que fuera una eventual hija mía, Camila fue violada por cuatro jóvenes. Por lo que dicen las noticias, la fiesta era una suerte de “vale todo” y el sexo es algo muy frecuente en varios espacios del lugar. No interesa saber por qué fue Camila al lugar, y no es un tema importante; lo que cuenta es que alguien – cuatro “alguienes” – se sintió con derecho y libertad a hacer algo que Camila no deseaba. Y nadie de todos los asistentes a la fiesta se enteró o reaccionó. Si Camila buscaba sexo (y no lo doy por supuesto, lo digo como posibilidad eventual que sirviera de excusa a los perpetradores) nadie tiene ningún derecho a arrancárselo; como nadie tenía ningún derecho a atacar en Bogotá a la supuesta “prostituta”. Si fuera prostituta, en todo caso, se combina con ella un pago; si Camila buscaba sexo se le propone, pero de ninguna manera, ¡de ninguna!, alguien tiene derecho a tomarlo para sí con violencia. Pero el machismo imperante – como siempre – victimizará a Camila y a las tantas y miles abusadas una vez más trasladándole a ella la culpa. Camila no tuvo culpa por haber ido a ese lugar, toda la culpa la tiene el violador, y muy mal haría nuestra sociedad experta en distracciones y en “lavados de manos” en mirar para otro lado o trasladar culpas. Así, Camila volvería a ser violada una y otra vez.




III.                “Mentime, que me gusta”, o “no escuchar”


Con un poco – creo – de ingenuidad, se escucha plantearse un problema ético o no ante los periodistas que mienten a sabiendas. A los mercenarios del micrófono o de la pluma. ¿Quién pondría criterios para, por ejemplo, un tribunal? El riesgo evidente de atentar contra la libertad de expresión no puede ser soslayado. A lo mejor podría pensarse en una suerte de tribunal ético de las facultades de periodismo de todo el país, pero es un tema que nos excede. Ante esto, es razonable escuchar que la principal sanción debería ser que la gente deje de “comprar” o de “ver / oír” determinado programa, o periodista. Lo que acaba de ocurrir con el mentiroso consuetudinario que cree que hace “periodismo para todos” a raíz del contrato de Víctor Hugo Morales con Telesur resulta sintomático. La Nación, en un ya clásico ejercicio de complicidad dijo que “Morales desmintió… pero se negó a revelar el monto del contrato” escondiendo que durante todo el programa Victor Hugo Morales invitó a los del “Grupo Clarín” a ver al aire el contrato y constatar la falsedad de lo dicho por Lanata. Quien después convocó a escrachar a Morales, como ya lo había hecho con los hijos de los jueces, o con la jueza que debía juzgar a Campagnoli, el impoluto… Se ve que eso de “escrachar” es cada vez más un modus operandi del ex periodista, y se ve – y es lo que me interesa en este espacio – que muchos lo escuchan sin importarles si lo que dirá es verdad o no. Lo que los oyentes y televidentes quieren es escucharlo hablar mal de alguien cercano al gobierno, y no importa si es o no verdad; no importa si no hay pruebas, ni siquiera si mañana se puede demostrar todo lo contrario. Lo que importa es “darle palos” a todo lo que huela a “K”. Ciertamente eso deja de ser periodismo para asemejarse a un reality show bien guionado. Para que así como hay quienes lloran con una confesión en Gran Hermano, o se enojan con peleas en Tinellilandia, aunque se sepa claramente que es parte de un show preparado y ensayado, del mismo modo uno tenga un motivo más para enojarse con la “Argentina, que es una mierda” (sic, y recontra sic, Lanata dixit... ¡y cuánto contribuye para eso!), y – de paso – para que nadie sienta un poquito de conmiseración con Victor Hugo que debería pagar una multa millonaria a Magnetto, el excelso; si total acaba de ganar U$A 1.200.000 de Telesur. Y todo, para no preguntarle al “mercenario para todos” cuanto le costó y cuanto recibe mensualmente para limpiarle la cola a su jefe.

Foto tomada de www.itstudio.cl

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